Por Martín Elías Robles

LAS BUENAS COSTUMBRES

Qué tal, amigo lector; hoy es lunes 14 de enero. Entre tantas joyas literarias que habitan en mi añejo librero, encontré; “LA CALLE” (Carta a mi hijo) del escritor italiano Edmundo De Amicis. Aquí le transcribo tan original escrito: Te observaba desde la ventana esta tarde al volver de casa del maestro; tropezaste con una pobre mujer. Cuida mejor de ver cómo andas por la calle. También en ella hay deberes que cumplir. Si tienes cuidado de medir tus pasos y tus gestos en una casa, ¿por qué no has de hacer lo mismo en la calle, que es la casa de todos? Acuérdate Enrique: siempre que encuentres a un anciano, a un pobre, a una mujer con un niño en brazos, a un impedido que anda con muletas, a un hombre encorvado bajo el peso de su carga, a una familia vestida de luto, cédeles el paso con respeto; debemos respetar la vejez, la miseria, el amor maternal, la enfermedad, la fatiga, la muerte. Siempre que veas a una persona a la cual se le viene encima un auto, quítale del peligro, si es un niño; adviértele, si es un hombre. Pregunta siempre qué tiene el niño que veas solo llorando. Recoge el bastón al anciano que lo haya dejado caer. Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate para no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón. Y cuando pase un hombre maniatado entre dos guardias, no añadas a la curiosidad cruel de la multitud, la tuya: puede ser un inocente. Cesa de hablar con tus compañeros y de sonreír cuando encuentres, o una camilla de hospital que quizá lleva un moribundo, o un cortejo mortuorio, porque ¡quién sabe si mañana no podría salir uno de tu casa! Mira con reverencia a todos los muchachos de los establecimientos benéficos que pasan de dos en dos, los ciegos, los mudos, los raquíticos, los huérfanos, los niños abandonados; piensa que son la desventura y la caridad humana los que pasan. Finge siempre no ver a quien tenga una deformación repugnante, ridícula. Apaga siempre las cerillas que te encuentres encendidas al pasar; el no hacerlo podría costar caro a alguno. Responde siempre con finura al que te pregunte por una calle. No mires a nadie riendo; no corras sin necesidad y no grites. Respeta la calle. La educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde notes falta de educación fuera, la encontrarás también dentro de las casas. Estudia las calles, estudia la ciudad donde vives, que si mañana fueras lanzado lejos de ella, te alegrarías de tenerla bien presente en la memoria, y de poder recorrer con el pensamiento tu ciudad, tu pequeña patria, la que ha constituido por tantos años tu mundo, donde has dado tus primeros pasos al lado de tu madre, donde has sentido las primeras emociones, abierto tu mente a las primeras ideas, y encontrado los primeros amigos. Ella ha sido una madre para ti: te ha instruido, deleitado y protegido. Estúdiala en sus calles y en su gente; ámala, y cuando oigas que la injurian defiéndela. Tu padre… NO TODOS SOMOS CORRUPTOS. Nuestro Premio Nobel de Literatura, el genial Octavio Paz, siempre creyó que la corrupción era herencia de nuestros ancestros, y no se equivocó, pero también aseguraba que al compartir esa corrupción, significaba la condena general para los de la tierra azteca, palabras dichas como si todos los mexicanos fuéramos corruptos; bueno, era el pensamiento del escritor en el siglo pasado. La corrupción existe, no hay ninguna duda, por mucho que tratemos de ignorarlo, de matizarlo, de disfrazarlo, es el terrible mal que lacera las entrañas de la nación mexicana, aunque las voces que son públicas lo expresen muy a su conveniencia. Los políticos por ejemplo, aducen que hablar sobre el tema es hacer la guerra sucia con fines electoreros, y es que para nuestra desgracia hay tela de donde cortar, todos los días surgen funcionarios y ex funcionarios del gobierno disfrutando de millones de pesos que han hurtado del erario. Luego, cuando llegan las elecciones, por ejemplo, el tema de corrupción se lanza a la opinión pública como anzuelo para jalar adeptos; y así, como en un juego de medias verdades y medias mentiras, los políticos colmilludos tratan de demostrar que los bandidos están en el vecindario contiguo, entonces viene a los ojos, a la mente, y a todos los sentidos de los electores una inmensa ola de promesas positivas con las que se intenta tapar esa costumbre inaceptable de fregar a la nación. Los mexicanos no debemos guardar el descontento, la aflicción, porque entonces sino decimos nada, sino hacemos el recuento de los daños, estamos destinados a sufrir la misma pena, a seguir maniatados por estos gobernantes sinvergüenzas y garañones a quienes les importa un comino el asunto de la honestidad. Parece imposible que el nuevo gobierno republicano del Presidente Andrés Manuel López Obrador pueda acabar con la corrupción, es una tarea titánica, pero con que se inicie bien esta lucha ya vamos de gane, recordemos que Roma no se hizo en un día.
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