Por Rigoberto Guzmán Arce

Un día en mi vida

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La mañana del viernes es corta y debo de aprovecharla, hay una filmación para un canal de noticias, Notisur, y debo de ir a las nueve a uno de los negocios, al puesto de tacos llamado La Casita, ubicado en una de las carretas de madera casi llegando a la esquina de la 5 de Mayo. En el camino me encuentro a Carlos Gutiérrez, conocido mundialmente como Charles Brown, nos vamos charlando y entramos al tema escabroso de las depresiones, de lo que es vivir en el cielo y el infierno. Ya está lista Carmen Lara y grabo la introducción y me acerco, están las ollas pequeñas de frijoles, de nopales, las salsas, la de cacahuate, el comal y la carne frita, sabores y olores, todavía provincianos. Duro media hora y se me enfriaron los tacos de chicharrón por estar hable y hable, de pronto llega mi invitado don Memo, el coordinador del Albergue para migrantes. Enseguida llega el joven Pepe, estudiante de bachillerato. Despedidas y prometo regresar por lo sabroso del chicharrón, es pura bandera exquisita. Compro el periódico antes de abordar el taxi que nos llevaría a Ahuacatlàn. Ya se nos hizo tarde, vamos conversando mi invitado que lo llevo para que comente mi reciente libro titulado Conspiraciones. Son las diez y media y entramos al local de los maestros y jubilados y saludo a todos, están como 25, me acerco a la mesa y saludo afectuosamente a mi profesor Francisco Sojo Ramos, el presidente de esta agrupación. Inicia pepe, y me gustó, fue breve pero sustancial. Sigo, pero me asalta una inquietud, tengo temor que me emocione de más cuando describa una de las 25 historias, que es lo muy íntimo y que logré por fin escribirlo a pesar del mar de lágrimas: la muerte de mi madre Dolores, maestra jubilada y ejemplo de mi vida, sensible, amorosa, entregada a sus motivos. En Tepic durante la entrevista en Radio Aztlán, no manejé esta historia y creo que la debo de explicar. Sigue la filmación, bendita tecnología que nos hace registrar sentimientos en estos instantes y que nos da la oportunidad de superar barreras geográficas. Cualquier ser humano puede estar conmigo si lo desea, si su voluntad lo permite. Nunca lo hubiese imaginado de niño. Las cámaras de video eran caras y pesadas, se tenía que editar para que llegara a las pantallas grandes, después las portátiles con baterías y más pequeñas; cambiar de cartuchos y casete más finos y de resolución aceptable, después las de memorias integradas que se adaptaban a las televisiones o monitores, actualmente en los teléfonos celulares. Aquel momento de película cuando El Santo tenía un reloj para recibir llamadas o veía quién lo llamaba. Aquí estoy dando a conocer la primera historia y me gusta que sea una crónica poética del grupo Los Guardianes del Maíz, de un pueblo que quiero mucho, Xala. Y así en el hilo conductor que me lleva a Nicaragua, a Los Ángeles, a los recuerdos imborrables, a García Lorca, la poesía, los ardientes vendavales. Quizás una hora de travesía por los amores y desamores, por la literatura y el compromiso social. Ante la falta de libros para ofertar, se terminaron en el mes de diciembre, dono un libro para que tengan su relación y que cada cual logre leerlo, mi obra que rindo homenaje a nuestros grandes poetas nayaritas Amado Nervo y Alì Chumacero. La portada soberbia el poeta Amado con su musa.
La ceremonia de partir la rosca de Reyes y estoy resignado a que me toque mono, pero milagro, es la primera vez que no pondré tamales. Converso con algunos, el profesor Llamas un gusto, entre el pedazo de rosca rellena y el chocolate rico, aunque ya frío, y yo sin darme cuenta, haya sido más concreto en mi presentación. Burro.
Salimos y tomamos la corrida, caminamos y esperamos y mi pequeño saltamontes pasó la segunda prueba, la primera fue saber si puede desprenderse de lo material por un ideal. Ya van dos y todavía hacen falta otras. El paisaje, El Ceboruco en su imperio de espacio y tiempo, la carretera con sus tonalidades alrededor, mis evocaciones cuando veníamos hasta acá para bailar con la música nostálgica y esplendida de los Vagabundos.
Las noches del crucero, las alegrías consumidas, el ferrocarril a oscuras y el sonido atronador. Hay un lugar que me gusta sólo los que me conocen lo comprenden, pero antes el siempre recuerdo vivo de mi primo Humberto en donde su accidente fatal. La unión de la carretera que pasa por arriba del puente del tren. Y ya se avizora el valle que se amplía y la rosa urbana la deletreo, los pétalos de cemento, de tráfico caótico, se abren ante mis ojos, de su eterno enamorado y que mi mente me recuerda tajante y dura como espada que debo de estar un rato nada más en el portal Hidalgo, el largo junto al puesto de libros, porque me regaño, hoy viernes toca escribir Claroscuro. Sí, sí, me digo.