NACIMIENTO DE VOLCÁN
2 DE 2 PARTES

Alborotado, sumamente feliz, que aunque no lo creyera, me ganaron los designios del corazón que hasta se me quería salir por la boca, temblaban mis piernas, mis manos sudorosas y solamente pensaba y pensaba con la alegría y una cierta dosis de venganza.
Había descubierto el cuerpo del delito amoroso, la terapia física y subjetiva, el lugar del precio del estúpido experto en desamores que había aconsejado a Iris que ante mi ausencia, quemara todos mis regalos , recuerdos, escritos y fotografías, rosas secas, poemas, como si hubiese muerto. Eso se le llama matarlo en vida, es un paso necesario para que se curara y la dejara en paz mi espíritu. Hasta quemó mis besos, los abrazos, lo que no se ve, pero se siente. Feliz, muy feliz, sin ánimo de reclamación porque el vientre, lo maternal, el fuego aliado, pequeños volcanes en erupción bajo el volcán, padre terrenal; de la ceniza impregnada en las raíces al descubierto, figuras de mi pasado; el abrazo en el muelle, nuestra banca, los instantes compactados, las miradas en tantas configuraciones, las delicadezas de los besos en tus manos, el roce de tus dedos, la lluvia del amanecer, la selfie bajo los árboles, en la laguna, junto al rìo, las frases de amor en servilletas, en las apasionadas noches del encanto. Era algo enloquecedor, algo que perturbó y que no pedía explicación. Creí al principio que era un sueño, algún residuo de un bello sueño. No, era tan real, fui juntando los sonidos de tus palabras, las que en las tardes, días, amaneceres me regalabas. Entre lo ríspido de las pequeñas piedras, era de nuevo como el estallido de volcán, la fuerza líquida y el magma que fosilizaba los objetos, el arete aquel en forma de lunas y perlas, la pulsera de chaquira que entre los vientos era el regalo por juramentos, la odisea de los versos entre el agua y la risa atronadora en las playa de nuestros deseos, las imágenes que fuimos tejiendo con los viajes lejanos, los encuentros del alma. La vida en los años conjugados con aquellos sabores de sandía y duraznos, el del vino espumoso, el tinto y el blanco que embriagaban lo suficiente para las alegrías consumidas en el rumor de las olas íntimas. El olor de flores en los atados en tu pelo, en la brisa en tu rostro y el agua marina que llevabas en tu vestido blanco. Absorto en las nuevas sensaciones donde el dolor, los fuegos que quemaban los huesos, la carne, el eterno coraje quedaba en ceniza. Los insomnios que se volvieron barcarolas tenues y de navegación suave ante tal descubrimiento. Era tanto que mis ojos no podían contemplar la diversidad de colores, la inmensidad, esta densidad que se iba clarificando y desde las entrañas de la tierra iban germinando ¿Qué sucedió, por qué esta transfiguración de volumen, de líneas y proporciones? ¿Qué poder influyó para darse este fenómeno? En medio de las preguntas, interrogaciones cuando lanzo la mirada a mi alrededor, desde cerca, en los dominios del volcán, no encuentro las respuestas. Seguramente no me creerán. Estoy en los delirios, en la tremenda realidad o en las enormes contradicciones que ante la despedida que creí para siempre has regresado con los rigores completos de los recuerdos inmediatos y lejanos. No pude combatirte, no pude destruirte ni tú destruirme. Pudo más el amor que a pesar de quemar toda evidencia, toda cosa material, la naturaleza simplemente en sus procesos interiores hizo lo suyo: no podrás matar a un poeta, no podré matar al amor. Gracias a la tierra habían germinado, fertilizado mis recuerdos. Una forma de manifestarse el perdón, la singularidad del hombre y la mujer que a pesar del tiempo y el espacio, de tantos siglos y tantas civilizaciones, estamos juntos, redimidos en estos seres que viven, sienten y aman como el nacimiento del volcán, somos magma reciclado y otros habitantes descubrirán la pasión única entre nosotros. Dejé de odiarte. Comprendí el motivo de nuestra existencia.