• Traumáticas experiencias

México. Lunes 08 de abril del 2019.- Agencias/ Un suceso menor puede desencadenar en Donna Penner los recuerdos traumáticos de una operación que vivió hace más de diez años.
Un día, por ejemplo, estaba esperando en el auto mientras su hija hacía un recado y se dio cuenta de que estaba atrapada dentro del vehículo. Entonces, lo que pudo haber sido un inconveniente frustrante le causó un ataque de pánico.
“Comencé a gritar. Sacudía mis brazos, lloraba”, dice Penner, una mujer de 55 años de Altona en Manitoba, Canadá.
Sus ataques de pánico comenzaron tras un pequeño procedimiento médico al que tuvo que someterse antes de cumplir 45 años.
Estaba experimentado mucho sangrado y dolores severos durante su período menstrual, por lo que su médico de cabecera sugirió investigar las causas con una cirugía exploratoria.
Debió haber sido un procedimiento de rutina, pero, por razones que aún no están claras, la anestesia general falló. En lugar de acostarse tranquilamente en el olvido, Penner se despertó justo antes de que el cirujano hiciera el primer corte en su abdomen. Con su cuerpo todavía paralizado por las drogas, no pudo avisar de que algo estaba mal.
Ella permaneció indefensa en la mesa de operaciones, en una agonía indescriptible, mientras el cirujano sondeaba su cuerpo. “Pensé: ‘Así es, así es como voy a morir, aquí en la mesa, y mi familia nunca sabrá cómo fueron mis últimas horas porque nadie se da cuenta de lo que está pasando”.
El trauma aún hace que tenga “dos o tres pesadillas cada noche”. Por razones médicas tuvo que dejar su trabajo, con lo que perdió su independencia financiera. Ella sospecha que nunca escapará por completo a los efectos de esa operación. “Es una sentencia de por vida”.
Durante años, la percepción intraoperatoria, como se conoce este estado de consciencia durante la anestesia, ha estado envuelta en un misterio.
Aunque las experiencias extremas como la de Penner son raras, ahora hay evidencia de que en torno a 5% de las personas puede despertarse en la mesa de operaciones y, posiblemente, sean muchas más.
Sin embargo, gracias a los efectos amnésicos de las drogas, la mayoría de estas personas no recordarán nada sobre lo sucedido.
“Casi tres millones de intervenciones con uso de anestesia general se hacen cada año solo en Reino Unido”, dice Peter Odor, un médico residente del Hospital St. George en Londres. “Como consecuencia, es probable que alguien, en algún lugar del mundo, esté al tanto durante su cirugía”.
Es sorprendente lo poco que sabíamos antes acerca de por qué funciona la anestesia. Ahora, sin embargo, los investigadores intentan comprender más acerca de su uso y las circunstancias en las que no funciona, con la esperanza de reducir el riesgo de la percepción intraoperatoria.

Un milagro médico

Seamos claros: la anestesia es un milagro de la medicina. Desde, al menos, la época de los antiguos griegos, los médicos y curanderos habían buscado una buena manera de aliviar el dolor de los procedimientos médicos. Aunque algunas drogas como el alcohol, el opio e incluso la cicuta podrían actuar como sedantes, su eficacia no era confiable.
Para la década de 1840, los científicos habían descubierto varios gases que parecían tener efectos sedantes. Uno de ellos, el éter sulfúrico, atrajo la atención particular de un dentista en Boston que lo puso a prueba en una exhibición pública en el Hospital General de Massachusetts en 1846.
Aunque el paciente aún podía murmurar pensamientos medio coherentes, dijo que no sintió dolor, solo la leve sensación de que su piel estaba “rasguñada con un azadón”.
La noticia de la prueba pronto se propagó entre la comunidad médica, anunciando el inicio de la era de la anestesia. Con el descubrimiento posterior de agentes anestésicos aún más efectivos, como el cloroformo, la agonía del cuchillo quirúrgico parecía ser una cosa del pasado.
Hoy en día, los anestesistas tienen a su disposición una amplia gama de analgésicos y medicamentos para reducir el estado de consciencia, y la elección exacta dependerá del procedimiento y de las necesidades particulares del paciente.
Con frecuencia, el objetivo no es producir una pérdida de consciencia, sino simplemente eliminar la sensibilidad de una parte particular del cuerpo.
Los llamados “anestésicos regionales” incluyen anestésicos espinales y epidurales, los cuales se administran entre los huesos de la espalda para adormecer la mitad inferior de su cuerpo. Estos se usan comúnmente durante el parto, las operaciones de la vejiga y los reemplazos de cadera.
También se le puede administrar un sedante, que produce un estado de sueño relajado aunque sin eliminar completamente la consciencia.
En contraste, la anestesia general apunta a hacer eso, crear una inconsciencia controlada que no deje recuerdos de ningún suceso durante ese período.
No sabemos exactamente por qué los agentes anestésicos atenúan nuestra consciencia, pero se cree que interfieren con varias sustancias químicas del cerebro llamadas neurotransmisores. Estas sustancias químicas activan o rechazan la actividad de las neuronas, en particular la comunicación generalizada entre diferentes regiones del cerebro.
El propofol, por ejemplo, utilizado en anestesia general y algunos tipos de sedación, parece amplificar los efectos del GABA, un inhibidor que amortigua la actividad en ciertas áreas del cerebro, así como la comunicación entre ellos.
Recientemente un equipo de anestesistas utilizó una forma de estimulación cerebral no invasiva para demostrar este principio en acción, con el propofol silenciando las ondas de actividad que normalmente se verían extendiéndose por el cerebro en respuesta a la estimulación.
“Es muy posible que la anestesia interfiera con esa transmisión ascendente de información”, dice Robert Sanders, un anestesista de la Universidad de Wisconsin-Madison. Y sin eso, la mente se desintegra temporalmente, convirtiéndose en una pantalla en blanco sin capacidad para procesar o responder a las señales del cuerpo.