Por Rigoberto Guzmán Arce

FUTBOLERÍAS
(4 DE 4 PARTES)

33.-
El Estadio Olímpico Luzhiniki, de Moscú, luce esplendoroso y en el cierre cultural con música de reguetón, pero bueno, esperamos la final. Desde 1974 he sido testigo de grandes encuentros por la copa del mundo. Lloré cuando Holanda sucumbió frente Alemania a pesar de que llegaron como veinte veces mientras los teutones solo dos veces y anotaron dos goles. Un partido emocionante con dominio absoluto de la nostálgica naranja mecánica, la de Johan Cruyff .También aquel artístico equipo brasileño en 1970 en México, cuando no sabía de las futbolerìas y que ante la ausencia de la señal de la televisión en mi pueblo pequeño de casas de adobe y tejado, a los meses vi ya repetido la belleza y el arte en los pies de Pelé, Tostao, Carlos Alberto, Rivelino. El de Maradona que con su izquierda prodigiosa con un equipo mediocre y un técnico también, logra alzar la copa en el mítico Estadio Azteca en 1986. Aquella Francia grandiosa tomada de la mano del mariscal del talento Zinedine Zidane en París cuando borraron al Brasil de Ronaldo en 1998. La España con una generación genial de tocadores del balón con Iniesta como galardón en Sudáfrica 2010. Una Alemania colectiva que hizo añicos a Brasil y Argentina con Gotze en Sudamérica y la samba y el tango fueron la tragedia futbolera del 2014. Recordar la ultradefensiva Italia con aquel Paolo Rossi en España 82 Así que esta final, mi corazón estaba con los bohemios y guerreros croatas. Como se esperaba Francia sin dominio del balón, con demasiada suerte, hasta exagerado el penal a su favor, sus lancetazos mortales, mientras Croacia hacía esfuerzos por regresar a la batalla en vano. Habían venido con los pies que combatieron a los daneses, rusos e ingleses. Fragores que hicieron mella en sus corazas de guerreros, el hierro de espadas y escudos. No siempre gana el mejor, el que tiene un juego bello. Salvo dos o tres jugadores azules, los demás insípidos. El balón de oro para Luka Modric, merecido un director de orquesta metido de futbolista.
34.-
En nuestra patria futbolera ya los dueños del espectáculo se preparan con los nuevos cantos para hacer danzar a la tribu cautiva. Volver con el mismo guion monetario, tener entretenido a los cautivos con un futbol casero y con abundantes, como la hiedra venenosa, programas de análisis de comentaristas limitados, en el escenario acostumbrado. Volver a los esquemas de siempre, pelearse por temas de poca monta. El futbol fue para mí un acontecimiento y experiencia dulce el sentir el balón en mis cuerpo como si fuera un corazón, el sueño, la alegría desbordante al ver que el esférico entraba a la portería de marcas de piedras, ropa, de postes de madera, de metal y de redes. Correr, moverse en pequeños llanos, canchas de tierra, rocas, de zacate rasposo y pasto. El haber jugado diez años constantes, de goles, de goles como los versos de amor y dolor en el rectángulo, tener la libertad para trazar, delinear las raras trayectorias y los movimientos lentos y veloces para tener el encuentro, la cita maravillosa con el balón de trapo, de cuero, la piel artificial. El tener insomnios por la emoción de jugar el domingo frente a los seguidores y dejar mi marca histórica, mi huella en el deporte que todavía me preguntan que por qué no seguí jugando. La pasión se me terminó, la llamarada gigante emigró a otros mundos. El deporte más televisado y que genera más ganancia, el de la industria global, el que ha logrado con el engranaje comercial estar en nuestro espíritu y las emociones más profundas de sentirnos ganadores, y ser famosos aunque sea en el núcleo familiar, en el barrio, en las amistades cuando nuestro equipo favorito logra ser campeón. El deporte que nos hace vivir con dosis dolorosas y regocijantes. El amar los colores, el discutir por horas cualquier cosa insignificante que le reditúe prestigio o ridiculez a nuestro equipo amado o al contrario. Ser parte de la red poderosa de un simple juego, es lo más importante de las cosas menos importante. De lo lúdico, de las primeras imágenes de nuestra infancia, del segundo regalo que es una pelota, nos vamos haciendo participes del futbol, patear un objeto para llevarlo a la sala, en el cuarto, el corral hasta llevarlo a una portería imaginaria. De la alegría libertaría ya en el crecimiento nos vamos haciendo parte del ejercito de aficionados, de los fanáticos que mentamos la madre, que nos torcemos al ver los partidos por televisión o internet o al asistir a un templo futbolero con sus miles de butacas y sentirse parte de una ramificación sentimental de un estilo, de la filosofía de seres que no conocíamos pero nos une la pasión. Evocaciones que me consuelan y que a través de estas cuatro partes con sus treinta cuatro historias breves, es como la sombra, el humo el eco, lo gastado, de lo que vivimos durante casi un mes y que lo sentimos hasta los huesos. Esperar de nuevo y así se nos va el tiempo, los años.

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