Por Rigoberto Guzmán Arce

ALÍ CHUMACERO

Mañana domingo 9 de julio cumpliría cien años, el hombre rodeado de libros, de anteojos y pelo cano, de dura estatura y de mirada hurgadora, nuestro poeta sabio y poderoso, de bajo perfil y de versos de amorosa raíz y el de Páramo de sueños (1944). Nacido en el norte de nuestro corazón nayarita, en el poblado de río y gardenias, en Acaponeta. Ali Chumacero nació cuando se había terminado la primera guerra mundial, a los años surge el surrealismo y en plena adolescencia el mundo vive entre guerras y dictaduras. El joven Alì muy pronto se encuentra con la palabra, sus manifestaciones literarias y se arma de amor para su Páramo de sueños. A sus veintiún años pronto se dejó seducir por la imagen que provoca el estallido de palabras, la palabra de fuego y carne al estallido de imágenes, el deseo agazapado, los sentidos como gatos en las azoteas y la conspiración de la memoria sentimental que ante un destello, una silueta, como la luna temblorosa en el agua, como las flores de la soledad, estaba su pluma en la insurrección de las metáforas, de las tinieblas y la luz, su claroscuro íntimo y seductor. De desconsuelo a las ramificaciones del tiempo, el finito, descubrimientos del polvo, la tersura que consuela con el verso nuevo, el esplendor del aura de las palabra. De la transpiración y la inspiración en una mesa cerca de una ventana, entre macetas y corredores se dejaba seducir por la ardiente impaciencia y la lentitud sagrada en su puño, la letra, el papel. Un artesano en busca de los misterios de la vida, de sentir y palpitar cuando la noche se hace larga, así me lo imagino al seguir la ruta de su alma, que brotara su esencia, darle brillantez a lo cotidiano, y maravillarse por las sombras, su geografía interior, los silencios que respiraban en los rostros ocultos y el desamparo para trocarlas en iluminaciones. Alì, el de tantas aristas, en sus años que delatan de un organizado, elemento que lo vuelve indispensable, editor independiente, corrector de obras como el clásico Pedro Páramo de Juan Rulfo, consistente y laborioso del Fondo de Cultura Económica, por cierto abro un paréntesis y señalo la obra de los dos que parece breve o con los deseos de haber leído más creaciones de ellos, evoco porque sus respuestas son las mismas, ya no tengo nada que escribir.
Es el trayecto que complementa su fértil existencia, su compromiso con la revista Tierra Nueva junto a los amigos José Luis Martínez, Jorge González y Leopoldo Zea.
Un ser incansable, sabio que comprende entre la solemnidad y el humor, varias anécdotas de su alegría, la pronta reacción. En una de sus visitas a su tierra, es recibido por una multitud que se desbordaba frente al gobernador Ney González, alguien le pregunta que por qué ese recibimiento si su obra había sido muy pequeña, solo algunos libros, tres. Contesta: ahora imagina que haya escrito muchos, y suelta la carcajada.
En uno de sus creaciones más famosas, por cierto me subyuga, el poema de amorosa raíz, nos canta de manera esplendida y confirmada de su poder por la sabiduría que emana, somos efímeros que trascendemos por la ilusión del amor y que desde los cambios dialecticos existimos mucho antes de nacer, nos buscamos en la profundidad de los tiempos y quizás no seamos la pareja elegida seguimos estando. En su poemario Imágenes desterradas ( 1947), se convierte en un creyente de los misterios del amor y la fe del florecimiento de la palabra. Si hacemos cuenta, se acercaba a sus treinta años, ya en un espacio cosmopolita, sigue en sus descubrimientos de los sonidos de las estrellas en los paisajes del pasado y de su presente, por escribir un ejemplo, de cada instante que fuera atrayente para su mano que iba escribiendo y explorándose lo que le dictara el corazón con la producción espiritual que la mente fluyera, un océano de inmensos colores con la elegía del marinero. Chumacero, así se le conoce y se pronuncia más, en los años cincuenta y sesenta, nos conmueve con sus Palabras en reposo (1956 y 1966), y nace el Responso del peregrino, versos martirizantes y esperanzadores, un testamento poético, de influencia interiorista, de la cercanía del ocaso, en un claro deseo del recuerdo, la mujer divina, la paloma del manantial de la cima y la tempestad, un fúnebre canto convertido en la última oración para la mujer amada. Su poesía de la tristeza, del abandono, lo imborrable de los ojos verdes, el monólogo o confesión del viudo, la noche del suicida. Alì Chumacero entre la tribu intenta refugiarse en la brumosa nostalgia, espesa y negra. Nos deja a sus lectores en la posibilidad de hacer de sus versos un venero para nuestras propias aflicciones, para el gozo literario, expresiones artísticas de acuerdo en la esquina que entremos a su casa poética, sigue interesado que seamos sus cómplices así como la noche donde sucede todo, salen los ángeles y demonios. José Emilio Pacheco describe a Chumacero que hay demasiada luz en las tinieblas, demasiada belleza en la vida de Alì Chumacero, nuestro poeta sabio y poderoso. Nayarita inmortal que es el agua y el fuego, el aroma de las flores y las noches perpetuas.