Una fábrica de cerveza checa ha recurrido a unos peculiares sensores para mantener la pureza del agua: los cangrejos de río.

La tecnificación en la producción vinícola y de cerveza trae noticias a diario. Si el control exhaustivo de la temperatura en las cubas de fermentación del mosto vinícola es una realidad desde hace mucho tiempo, avances como la utilización de drones o sistemas de visión artificial para controlar el punto de maduración de la uva prometen revolucionar este tipo de cultivo. La producción cervecera tampoco se queda atrás. Un ejemplo de ello es la iniciativa de una cervecería checa para mejorar sus procesos de producción con la colaboración de crustáceos vivos. Y no hablamos de un maridaje gastronómico.

Contra lo que pudiera parecer, una de las claves en la elaboración de una cerveza de calidad no es tanto el cereal como la levadura y la pureza del agua. Las menores variaciones en el suministro de esta última pueden comportar diferencias sustanciales en sus cualidades organolépticas. Por este motivo, los técnicos de Protivin, así se llama la cervecería con base en el sur de Bohemia, han recurrido a la utilización de cangrejos para medir las micro-oscilaciones en la calidad del agua.

Por medio de la conexión de sensores a cada espécimen, se controla una serie de variables tales como el ritmo cardíaco o la frecuencia de los movimientos. La reacción de uno solo de los cangrejos no sería indicativa de un cambio en la composición química del agua, pero si varios de ellos reaccionan de la misma manera, cabe establecer de manera muy veloz −menos de noventa segundos– si hay algún tipo de problema.
El reino animal toma la delantera sobre la tecnología humana

La principal ventaja de este sistema, desarrollado y patentado por la Facultad de Pesca y Protección del Agua de la Universidad de Bohemia en Vodnany, es que permite detectar cambios inespecíficos. Es decir un sensor estándar puede medir variaciones en la cal o la proporción de hierro del agua, pero no tanto variaciones genéricas en la composición por un conjunto de factores como pueden ser bacterias fecales, sustancias tensioactivas y otros elementos. Pavel Kozak, director del instituto de investigación de cultivos piscícolas e hidrobiología de la Universidad de Bohemia, señala que se está utilizando los cangrejos como “biosensores y bioindicadores al mismo tiempo”. El objetivo a medio plazo es instalar cámaras altamente sofisticadas que puedan monitorizar el funcionamiento del corazón de cada espécimen.
La detección de catástrofes naturales, otro terreno abonado para los biosensores

Cuando se produce un terremoto, los animales suelen ser los primeros en enterarse y salir despavoridos. La NASA lo explicó hace pocos años atribuyéndolo a los cambios químicos que se producen en la corteza terrestre en las horas e incluso días anteriores al temblor de tierra. De hecho, en China se utilizan los animales de un zoo a modo de sismógrafo. Al parecer las serpientes son una de las especies más perceptivas en este sentido. Dejando a un lado esta especie de “sexto sentido”, el hecho de que en un entorno natural reaccionen de forma colectiva a situaciones de riesgo, abre la posibilidad de estudiar cambios en sus pautas de comportamiento habituales para detectar eventos como los incendios.

Un decenio atrás un artículo científico proponía la utilización de animales como sensores biológicos móviles (Mobile Biological Sensors o MBS) en los bosques. Una serie de sistemas de posicionamiento GPS podrían ir acompañados por diversos sensores térmicos y de radiación. Los primeros permitirían detectar movimientos súbitos que denotaran estampidas masivas a raíz de un fuego, mientras que los segundos transmitirían alteraciones en el espectro de infrarrojos indicativas de incendios potenciales. Además, este tipo de localizadores contribuiría a vigilar la caza indiscriminada y la aparición de depredadores indeseados. Entre las especies propuestas por el artículo se contaban las serpientes, las águilas y los conejos.

Con independencia de las aplicaciones que tengan los animales en el mundo de los biosensores, siempre desempeñarán una función clara: su salud y supervivencia son el mejor síntoma de la salud de un ecosistema.