Por Martín Elías Robles

REMEMBRANZAS DE LOS TIEMPOS IDOS

Hace treinta y cinco años, cuando llegué por primera vez a la Ciudad de Tepic; Nayarit, quedé fascinado de su clima, de su belleza, de su gente, de su maravilloso paisaje verde y su inigualable cielo azul; pero sobre todo, de aquella irrefutable tranquilidad y paz social que hacía posible sin sobresaltos de ninguna especie, el sano entendimiento entre todos los tepicenses. Recuerdo, en ese entonces, cómo todavía se podía prestar atención al olor de la tierra mojada de las primeras lluvias de mayo, o al repiquetear del agua en las tejas de las casas hechas de adobe que tanto abundaban en la capital; así como el transitar alegremente por sus calles angostas, empedradas y mal iluminadas; las noches de quietud alumbradas por la luna eran siempre una sagaz invitación al romanticismo para los jóvenes nayaritas. Cierto, la creciente modernidad y el progreso que se daba en el país, parecían haberse detenido en este rincón provinciano, pero quizá en parte, eso había mantenido la magia y la sensibilidad afable que los pobladores conservaban, dándole a Tepic la atmosfera de bienestar que también los visitantes respiraban desde el momento en que llegaban por primera vez a la capital de Nervo. Qué tiempos aquellos, cuando para la mayoría de la gente era común visitar por las mañanas los mercados a tomar el acostumbrado jugo de naranja, para luego asistir a las tardes refrescantes en La Loma y La Alameda, únicos sitios públicos que servían de distracción para los niños y jóvenes. Desde luego, inolvidables eran las noches serenas e interminables, que reunían a la familia y a los amigos, en la confianza de que, pasara el tiempo que pasara, la seguridad estaba garantizada. Algo es irremediablemente cierto; nada es para siempre: hoy la capital nayarita es otra, la modernidad llegó con todo lo que implica estar inmersos en el concierto de la actualidad urbanística; importantes centros comerciales, hoteles de primer nivel, mucha infraestructura en las vialidades, avances tecnológicos; un serio crecimiento demográfico, más colonias, más todo, y por consiguiente, un compromiso del gobierno por mantener en orden las acciones impetuosas de la población. Tepic hoy es una ciudad con miles de habitantes, y cientos de calles, que no por ser más grande ha dejado de tener la afabilidad que distingue a sus pobladores; aunque hoy luzca con otros matices de colores, y la diversidad de su gente le haya cambiado sus costumbres. ANECDÒTICO. En una reunión con compañeros periodistas, un buen amigo me recordó sobre una columna que hace tiempo publiqué sobre una experiencia chusca vivida en una feria allá en Tamaulipas; vuélvela a publicar, me sugirió, así que ni tardo ni perezoso hoy se la comparto amigo lector: Todavía recuerdo con especial cariño he inevitable melancolía, los felices años que pasé viviendo en un campirano pueblo llamado San Fernando, situado a dos horas y media de su capital Ciudad Victoria, en el estado de Tamaulipas; ahí era realmente maravillosa la feria que año con año se organizaba; por increíble que parezca, ésta solía tener toda la infraestructura necesaria y más para su perfecto funcionamiento; y es que, siendo la única distracción del poblado, que por cierto se realizaba invariablemente en el preámbulo de los festejos católicos como la mayoría de las fiestas cívicas en el país, la gente se esmeraba en su organización. Le platico esto porque las ferias que se realizan en casi todo México, son siempre eventos que sobre todo a los jóvenes les dejan experiencias inolvidables de toda índole. Mire, le voy a contar: aún recuerdo como si hubiera sido ayer, cuando en un mediodía de 1979 mi padre me mandó a comprar las tortillas para la comida, y justamente para llegar a la tortillería debía cruzar por los terrenos de la feria, así que ni tardo ni perezoso me enfilé a cumplir con el encargo, pero al pasar por uno delos puestos expendedores de cerveza (que nunca faltan) divisé que a la entrada había una gran cantidad de personas aglomeradas y atentas en algo que yo no entendía, pero quería investigar. Con la curiosidad y la inocencia genuina que a los once años suele tener cualquier niño de pueblo, me acerqué sigilosamente y como pude fui introduciéndome hasta llegar al frente del concurrido lugar, sin que nadie de los adultos notara mi presencia. Cuando levanté la vista para descubrir el motivo y el interés de todos, mi sorpresa fue mayúscula; delante de mi estaba parada una impresionante mujer de raza negra, completamente desnuda, que al ritmo de la música afro antillana bailaba para atraer más clientes masculinos al negocio cervecero. Aquel monumento de formas finas y cabello completamente chino, me dio la oportunidad de conocer la belleza física de una mujer, aunque honestamente en ese entonces, mi primer impulso fue salir huyendo del lugar completamente asustado, y guardándome en secreto mi primera experiencia de adolescente, sin decir nada a nadie por temor a recibir un tremendo regaño de mi padre. Hoy es una anécdota que me recuerda los años idos y la infancia, a la que no me negará distinguido lector, alguna vez querríamos regresar.
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