Por Sergio Rodríguez Bonilla

Decidí quedarme solo…

Esta columna está dedicada a una persona que me contactó, que además de leer mi columna todos los viernes en este periódico, también me escucha en mi sección de salud todos los días en el noticiero de las 2 de la tarde en el 104.9 de FM, y quiso que tocara este tema en especial. Decidí quedarme solo… Hay personas que después de divorciarse, o después de simplemente terminar una relación amorosa deciden no volver jamás a entablar otra relación afectiva, su deseo es simplemente no involucrar sentimientos nuevamente, y no es para menos, puesto que en muchas ocasiones las personas en el momento de enamorarnos entregamos muchas cosas sin que nos las pidan, nuestro tiempo, disposición, voluntad, dinero, cuerpo, etc. Salimos mal con familia, amigos y conocidos por defender a la persona amada, pero el problema consiste cuando esta entrega y compromiso no son correspondidos, en muchas ocasiones la relación se pudo volver dañina, tóxica, y el objetivo suele ser solamente el estar provocándose malestar el uno al otro, como un tipo de revancha, en otras ocasiones la relación termina porque el que amó fue engañado, le fueron infiel, y es ahí donde las personas “sienten” que no vale la pena volver intentar amar, y evidentemente se viene la clásica frase de.. “todos los hombres son iguales”, o “todas las mujeres son iguales” (dependiendo el caso), ¿por qué una persona decide quedarse sola después de una o varias relaciones fallidas?, pues se considera que el amor es algo malo, algo dañino y cada vez que se intentó entregar el corazón, este salió lastimado, y el simple hecho de pensar en reiniciar con otra persona da mucha “flojera”, porque se viene a la mente todo lo vivido anteriormente y se cree que va a volver a pasar por lo mismo. En esta parte me gustaría aclarar algo, ni todos los hombres o mujeres son iguales, ni todas las relaciones recaen en lo mismo; el problema no son las otras personas, sino nuestra forma de elegirlas, es cierto que no somos conscientes de algunas situaciones, ni tenemos antecedentes de una persona y decimos “al inicio empezó bien, pero después fue cambiando”, pero hay ocasiones en las que sí sabemos cómo es ya una persona y vamos con un ego altanero diciendo “yo lo voy a cambiar”, o también “ya casados se le va a quitar”. El caso es que nuestra felicidad la ponemos en las manos de la otra persona, le adjudicamos todo el peso de que deben hacernos felices hasta en lo más mínimo, y el día que no lo hacen, nos enojamos, hacemos berrinche y decimos que todo el mundo es malo con nosotros porque no acceden a nuestros caprichos, y eso es una gran falta de respeto hacia el otro, porque de por sí, apenas puede con sus propias responsabilidades y todavía nosotros dándole más. Equivocarse es humano, y supuestamente uno debería aprender de los errores, pero el humano es el único ser sobre la tierra que quiere obtener distintos resultados haciendo prácticamente siempre lo mismo, no tiene nada de coherencia. La desilusión es enorme porque dimos de más, porque entregamos lo que no se nos pidió, y en muchas ocasiones hasta idealizamos al otro pensando que era otra cosa muy distinta a su persona, y es ahí, en ese momento, cuando decidimos quedarnos solos, pensando que amar es solamente un acto inventado que se ve bien en las películas y las novelas con finales perfectos, y que en nuestras vidas difícilmente pasará. Cuando idealizo al otro en lugar de conocerlo, de descubrir quién es, solamente demostramos la prisa que traemos por cubrir vacíos, por lo que en el pasado alguien se encargó de hacerme creer que hacía falta, ya sea la ausencia de alguno de los padres o el mal trato que estos dieron, y lo que hacemos en consecuencia es utilizar a las personas, las cosificamos, las volvemos COSA, cosas que cumplen con una función en específico, las utilizamos para que sustituyan a otras, porque de alguna manera da mucho miedo enfrentarse a sí mismo, y el “decidí quedarme solo” no cuadra al 100%, porque me quedé tan solo que hasta me quedé sin mí, y si la gente comenzara a prestarse atención a sí misma, y nosotros mismos nos diéramos todas las oportunidades que le damos a los demás, muy posiblemente no nos negaríamos el acto de amar, tal vez amaríamos con precaución y sin idealizaciones, descubriendo en lugar de suponiendo, sin entregar lo que no se nos pide, y simplemente aceptar que el otro es como es, y yo decido paulatinamente si lo acepto o no, pero pareciera que algunas personas traen tanta prisa que no se dan la oportunidad de conocer a quien será la persona con la que compartirá una parte de su vida. Se utiliza una lógica muy ilógica: prefiero ir con los ojos cerrados con tal de tener a alguien, que abrirlos y seleccionar realmente lo que quiero.

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Sergio Rodríguez Bonilla: Psicoanálisis