Por Rigoberto Guzmán Arce

LA GIGANTA DE BERNABÉ

Son trece huellas, vuelos, imaginaciones, en cada uno que al unirlos forman la giganta en presencia, obra e imaginación. El intrépido Bernabé se anima a llevarnos desde el origen Chorley, nombre de su reciente obra cuando los humos de colores dieron la nueva buena al mundo de las fantasías, el advenimiento de la niña Leonora que como todo ser extraordinario inventa, le da vida, de lo invisible provoca su visibilidad. Es recurrente que desde niño, todos estamos rodeados de seres imaginarios, de los juguetes que cobran vida, los monólogos y diálogos con ellos, presencia que los adultos no perciben. Las formas cambian, revoltura de colores, los rostros deformes y entre dulzura y pesadillas es la atmósfera perfecta para la futura pintora y escritora, es mucha la densidad que sería tanto fuego para su imaginación que en caso de no desfogarse podría quedar en ceniza.
Objetos o juguetes como muñecas de trapo, futura Giganta; seres vivos y cercanos como un perro Yeti y la yegua Winkie, los gatos con sus nombres extravagantes y su ropaje, el cocodrilo de patas arriba, que cobraron relevancia poderosa, la fuerza del huracán de colores, ebulliciones que en cada acto rebelde significaba la osadía de imaginar más allá de las reglas sociales, las buenas conciencias y costumbres, lo que marcaba la sociedad inglesa, que resalto no es por dicha cultura, a través de las culturas siempre surgen seres que cumplen sus sueños, los sueños transformados en la realidad, sus conceptos son piezas de arte en el caso de Carrington.
Leonora fue una niña, adolescente y joven invencible hasta que llega el amor con sus dosis de dolor. Enamorada de los hombres reales, de los viajes para conseguirlos y las depresiones acechaban hasta el grado de escribir un diario debajo de todo. Por las quimeras, conoce a su hábitat que también la desea conocer, tener la conexión con un país surrealista: Mèxico.
Conoció en los viajes reales la guerra, el destierro, situaciones alarmantes que a a cualquiera pudo haber quebrado y dejar de imaginar, quemar sus fantasías de animales prehistóricos, las cabezas deformes, cuerpos alargados, pero, no. Resistió a la realidad que deja en costumbre, los personajes dejan de cobrar vida y nos atamos a lo cotidiano, por esto Leonora se admira, logra llevar sus mundos interiores, sus fuertes imágenes plasmarlas en el lienzo, sus texturas y colores me subyugan, su explosión para construir el universo que deseaba, se apasionaba y el motor para seguir soñando. Aquí recuerdo ciertas historias como Alicia en el país de las maravillas de Lewis, el Libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges, cercanos a su imaginación. También recuerdo a Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, sus personajes. El surrealismo en la primer cuarto del siglo XX, lo imagino como una irrupción, una rebeldía contra la misma realidad, la primera guerra mundial, sus horrores; fue comprobar cómo la realidad supera cualquier pesadilla.
En esta obra Chorley, Bernabé intenta, busca, abrirnos a este mundo de seres imaginarios, provoca la iluminación para que sintamos su asombro por el surrealismo, que proviene de la realidad, de lo que en el arte se plasma la famosa conjugación El Hubiera. Sí existe porque lo que Leonora soñó, lloró, gozó de sus sentires y pensamientos como un poder que trastoca, pudo vivir en su mundo a pesar de geografías, las lejanías.
Chorley no fue olvidado, las raíces de su pueblo fueron creciendo hasta lograr un árbol fecundo de seres que al final la cubren con el amor germinado.
Son trece huellas para ir develando la figura que aunque no se crea tuvo Leonora, figura, silueta surrealista, entre la bruma, el amanecer, las noches inglesas, sombrías de aquel lejano siglo XX. Me detengo un poco en la bella imagen de La Giganta, rostro de aquella muñeca de trapo, pelo ensortijado como un sembradío de semillas como cuando se alborota la vida, el cuerpo abundante que provoca, los seres de la antiguo planeta de dominio de reptiles antes mucho antes que los mamíferos. Túnica blanca y pies desnudos en un bosque. La madre naturaleza, el arte entre el caos. Me impacta tanto que tal parece que es el autorretrato de Leonora que imagino falleció como los humos de colores de aquel amanecer en Chorley.