Por Rigoberto Guzmán Arce

CIRCO SHANGAI
2 DE 2 PARTES

Un espectáculo que sigue siempre estando en el filo del dolor y la alegría, es efímero, pero con ciertas ilusiones de seguir a través de la memoria, es tanto lo que se pierde. El dueño Bruno de apellidos enraizados de seres peregrinos como alma en pena, sabe que se debe de aferrar a los estertores, a las parchadas carpas y de dobladas alcayatas. Comprende lo pesado que es cargar en destartalados camiones, la herencia artística y de sueños de tatarabuelos que en Europa, en un rincón de húngaros que desde esos tiempos se diseminaron en caravanas cuando era la magia, las aventuras cruzando fronteras ya inexistentes. En una botella completa iba admirando el origen, las multitudes consumidas, los apogeos y altibajos del circo que alcanzó fama continental. Después sus bisabuelos cruzaron el océano para recorrer tierras vírgenes en la costa americana. Las inclemencias y el idioma fueron superados con la odisea de creer, de la voluntad para sentirse la historia. El espectáculo debe de continuar se decían como himno de batallas cuando surgían inundaciones en Nicaragua, terremotos en Perú, saqueos en México, epidemias en Brasil. Mientras iban falleciendo los mayores por la edad de troncos viejos cuando la profunda humedad en los huesos los derrotaba. Cuando por algún accidente se iban llevando a mujeres guapas como Fanny, la de los ojos violetas que en tiempo de duelo creyeron que ya no podrían soportar la travesía. Aquí Bruno, embriagado como todas las noches, lloraba tanto a escondidas que como siempre deliraba de la grandeza de su circo. Lo creía todavía como se lo contaron sus abuelos. En lugar de pensar que estaba en un pueblo miserable, de calles que no eran calles, sino arroyos torcidos; creía que estaba en un suburbio de Nueva York, que tomaba en sus camerino de ejecutivo champagne y no en un andrajo de armatoste y bebiendo Brandy. La noche tiene respiraciones agónicas, ya corre el rumor de que van a prohibir la utilización de animales para las funciones, que en el congreso se discute precisamente eso. Los pocos animales famélicos son su máxima atracción, son sus pocas luces de oropel y encantos. Quiere seguir engañado, no le queda de otra. Se siente desesperado por imaginar que él será el que entierre la vasta imaginación, la tradición de siglos, la herencia artística, su circo. Por eso bebe demasiado, para evadirse, para no sentir el pánico de ver como se diluyen las ilusiones, de contar con unos cuantos que hacen de todo. Pasaron los tiempos que los abuelos paternos pagaban en cada semana junto a su camerino a los laboriosos hombres y mujeres contratados por meses, a los artistas se les llevaba en un sobre su recompensa y un regalo casi siempre. A las mujeres flores y perfumes; a los hombres finos pañuelos y una caja de puros de Cuba.
La noche está más sombría, siente el pecho que se le cae en mil pedazos, ya no tiene brandy, intenta descansar en su viejo sillón que a duras penas los sostiene, los tiempos de bonanza ya pasaron, se resiste a creerlo.
Afuera un viento sacude los árboles cercanos, intenta recostarse, duerme.
Mientras en algunos rincones, los solteros siguen junto a lo lindo, mientras que los comprometidos están lejos esperando turno aunque ya es tarde y se preparan para inventar los pretextos de que están en una parranda. Quizás quedan esos residuos de magia, de torrente luminoso de cuerpos sedientos y de necesidades comprendidas. Sí, es mejor así, porque la muerte duele. Murmullos, jadeos, se pierden en la inmensidad. Cada vida es redención, cada momento expansión, es como si en este lugar se concentraran las desgracias y las bondades en una densidad que representara a los siglos, un cúmulo de sueños y que el amanecer sería tanto flores sangrantes como cuerpos exhaustos.
Desde el espacio, este punto, este apartado sería como el centro del universo, si se tratara de lamentaciones, si existiera el infierno sería aquí la entrada de cuerpos consumidos y la historia de cenizas.
Se acerca el momento que le circo se retira, ya fueron siete funciones y al ver disminuidos los ingresos, don Bruno considera que es el momento de nuevo horizonte. Revisa cuidadosamente el mapa que tiene en su mesa portátil, los pequeños puntos que están cercanos a este lugar y comparando la cantidad de habitantes según tamaño del círculo, para decidir la ruta de la misericordia. Su voz bien entrenada se escucha en el parlante: “Se les suplica de manera muy atenta a todos los que se llevaron a las muchachas, que por favor tengan a bien regresarlas, repito, tengan a bien regresarlas porque ya nos vamos”.