Por Rigoberto Guzmán Arce

EL AMOR ( 2 DE 2 PARTES)

Rumores de lluvia y nada, las nubes no se aparecen como la visita que se espera. El calor invade nuestro cuerpo y la atmósfera nos engaña porque del gris vuelve el azul. Me cuentan que en Tepic y Guadalajara tormentas y el agua se torna como nuestra añoranza del verano. Las danzas del amor y el sonido que provocan se quedan en pausa y me entristece. Busco en la oscuridad, en lo negro que se pueda. Busco en los ríos y callejones y la respuesta no llega porque son los dominios del sol y no de brillantes verdes ¿Cómo decirle a mi poesía que ya no hay luciérnagas? ¿Cómo calmar mi sed por la verde luz del agua? ¿Cómo iluminar mi alma si no tengo incendios a mi alrededor, mientras las demás caminan como si nada?
En una gran ciudad donde las luces de la noche iluminan todo, camino despacio y en solitario voy hojeando un libro nuevo. Es el año 2000 y me detengo entre la gente que corren para tomar el colectivo y otros para esconderse de la lluvia que comienza con su canto y su danza. El libro que leo por partes se llama “El silencio de la luna” de mi bien llorado y amigo José Emilio Pacheco. Me refugio en un lugar arriba de unos locales comerciales y pido una cerveza. Oscurece y saco una pluma de mi bolsa de la camisa que se me pierde entre papeles. Como si fuera una pequeña tragicomedia descubro en un balcón a los transeúntes que caminan y corren por la vida, y los edificios después de varios minutos se van quedando tristes y sombríos por la ausencia de luminosidad, parecen enormes como la agonía. Pienso en el tiempo, en los que han estado aquí y escribo algo para calmar mi corazón afligido: “el hoy es el botín tan invaluable del pasado y el futuro, una lucha sin tregua, el hoy pierde abruptamente porque lo han desgarrado su significado original…el anuncio comercial se apaga después de las nueve y es la noche que llueve, el color morado de Suburbia desapercibido para los pocos que caminan, pero mañana al caer la tarde iluminará más que nosotros cuando ya no estemos como el soplo del presente”.
Tormenta que sacudía nuestros cuerpos caminando en la opacidad de caminos de polvo, eran las calles de Ixtapa, que se hacían ríos vertiginosos y no nos importaba. Me dijiste antes de acompañarte que mejor me quedara en esa casa porque se avecinaba la lluvia. Tenías en tus manos un poema y al leerlo sentada en la banqueta se hizo tarde. No te quise interrumpir, preferí mirarte de cerca cuando tu rostro delicado tenía el silencio atrapado en castaños de tus ojos asombrados ante las líneas del corazón. Ráfagas de viento y agua y nos fuimos lentos sin importar nuestro alrededor. Conversamos de poetas y tus pasiones del mar cuando luna llena y yo te dije de mi partida y sollozaste antes de llegar a la marquesina de tu casa. Tu vestido rojo y tus labios eran la perfecta armonía en la noche y mi declaración en el muro, en la pared cuando tu sonrisa, donde tantas veces testigos de las estrellas y nuestros sueños: “Siempre te recordaré”, leíste esas palabras en azul cuando regresaste a tu casa por esa calle cuando por los azares de la vida me convertí en ausencia.
Por los nuevos avances y descubrimientos estamos en la encrucijada de romper la idea de que nos enamoramos gracias o por culpa del corazón y lo nuevo, la alternativa de la estructura del cerebro como si fuera la electricidad que enciende nuestros mejores sentimientos. Una sustancia se segrega en nuestras cortezas cerebrales y por eso estamos eufóricos cuando nos llega completo el amor y nos sentimos lo mejor del mundo y sólo tenemos ojos para esa mujer maravillosa y los demás son borrosos para nuestra vista periférica. Nos parece una belleza oír su voz, rozar sus labios, acariciar la piel. Un arte de amar. La atracción física en su mayor resplandor gracias a nuestro fiel aliada la testosterona. La oxitocina se va muriendo porque ya no segrega y después de ser homos sexus: “te veo tan cerca y permanente, cómo te alteras y agitas mujer de mar. Descubro carnalidad en esas noches intensas. Excitada y juguetona que ante la menor provocación, expulsas por orgasmos de altas mareas…peces de colores. Siento arder mis besos por los tuyos, en el murmullo placentero del encuentro, danzas amorosas de cuerpos unidos. Mis labios temblorosos se alargan en tus pechos tiernos recién sentidos y desnudos como una flor temprana, en medio natural de mis deseos ensalivo saliva tuya, muerdo tu lengua, la piel interior de tus labios agitados y jugosos, sentirte dilatada ante cualquier gesto o mordedura en la gota caliente que perturba. Tendones y costillas, tus muslos separados, fundirme enredado con las manos y hervimos juntos a fuego lento. En la agonía de las líneas de tus formas, aprieto todo para nacer de nuevo, apenas te mueves ondulas tu cuerpo completo, donde escribí con el semen amoroso la siempre y nueva frase te amo en un amanecer tibio lleno de trenes.” Me hurgo y preocupado en noches de vela. Mi sueño vuela como si fueran mariposas negras con su estela de llanto y dolor ante el río de ausencia de agua sexual. Vienen delicadas, concentradas en mi cuerpo y alma sin cabalgadura, sin escudos ni espadas, la crucial manifestación de los cinco sentidos. Viene suave con una canción linda, me cambia la carne y los huesos por el despertar de algo nuevo y bonito: el erotismo.