Por Rigoberto Guzmán Arce

TERREMOTO (1985)

Un día de emociones porque bajamos al centro de la ciudad, donde están los sitios históricos. Salimos de la casa de hospedaje que nos facilitó Marcia Santos, la hermana del Alcalde de Managua quien había llegado una noche antes de una gira por Suiza y presumió los relojes y los chocolates en reunión de familia; nosotros, Cati y yo, desde el cuarto escuchábamos lo que significaba el poder de los sandinistas. La calle Los Pinos notoriamente llena de árboles y embajadas, nos enfilamos por 2a Avenida Suroeste y una cuadra más tomamos la Avenida Bolívar que es la arteria principal para dirigirnos a nuestro destino. Un día que todavía seguía en nuestras palpitaciones y bordeando la laguna de Tiscapa, provocadora de epigramas; seguimos hacia abajo entre solares y casas derruidas por aquel terremoto del 72 que destruyó gran parte de esta ciudad que la dejó herida y fragmentada. Los dos edificios que sobresalen al paisaje urbano es el del banco Interamericano, alto y delgado, de color blanquecino y el hotel Intercontinental en forma de pirámide. Vamos a la sala del cine Blanca, pero antes almorzamos o comemos, ya es lo mismo para nosotros porque en el almuerzo nunca hay las cinco cosas fundamentales al mismo tiempo en “las Pulperías”. Puede haber pan y frijoles pero falta la mantequilla y la leche, o puede haber leche pero faltan los frijoles y los blanquillos. Nos detenemos en un local en forma de pequeño kiosco y allí comemos “Chancho” con yuca y “Gallo pinto”. Nos tomamos una cerveza de nombre Victoria y otra llamada Toña, para irnos a ver cortos metrajes, la comicidad ingeniosa y en blanco y negro de Charles Chaplin. Lo disfrutamos y más despacio nos regresamos entre luces y oscuridades que al anochecer parecía un pueblo fantasma con lago enorme que reposaba en calma. Me gustaba leer los nombres de las calles e intentar ubicar la historia que había leído de joven sobre los acontecimientos de este rincón que se estaba convirtiendo en el centro del mundo por el arrojo de su revolución que los jóvenes incendiaron a este pueblo heroico. Era jueves 19 y ya teníamos seis días tratando de ir reconociendo el amor y desamor de esta patria que le buscaba su rostro, la sangre y los barrios todavía orgullosos de su gesta por las barricadas como símbolo de rebeldía que instalaban periódicos murales nutrido de historias de sus héroes y mártires, los nombres de los vecinos caídos ante el bombardeo desesperado del dictador Somoza. Llegamos muy apacibles a la casa de la madre de Marcia y en cuanto nos vio nuestra amiga se puso pálida y nos preguntó con la interrogante de fuego: ¿No saben lo que pasó hoy en México? ¡Tembló y se destruyó la Capital y muchas ciudades más! Nos quedamos conmocionados y pronto nuestra mente comenzó a provocar ríos caudalosos de tristeza, miedo y urgencia de saber. Nos dijo que el país estaba incomunicado. Nos fuimos casi volando a la Embajada de México que estaba a dos cuadras y ya había gente apretujada tratando de romper el muro del silencio. Como siempre no nos informaron nada porque tampoco los funcionarios nerviosos no sabían nada de nada. Solamente nos recetaron dosis de paciencia. No pudimos dormir porque el insomnio nos aceleraba fuerte el corazón por la incertidumbre. Pensar que todavía el 13 de septiembre estábamos listos para salir de la Ciudad de México, hoy colapsada y pensaba en las atrocidades y el drama, la tragedia rondaba y amanecimos ojerosos y nerviosos. Lanzaron el periódico Barricada atado con pequeña liga, el repartidor habitual, y aunque no venían detalles ya estaba como acontecimiento grave. Compré una revista rusa a los tres días y ahí mencionaban que la torre Latinoamericana se había desplomado. Era tanta la desinformación que no teníamos ningún teléfono familiar por la impericia, lo imbécil de no pensar en lo imprevisto. Le escribí una carta a mi madre a la Ortiz 214, para que nos confirmaran que estaban bien y de la magnitud de la catástrofe aunque se tardara en contestar. En viaje a Matagalpa se perifoneaba para que las personas donaran sangre porque ellos sabían lo que significa sentirse en la desgracia. Despacio se fueron develando los pormenores y las fotografías de edificios reventados, el conteo de muertos, heridos y los damnificados, las pérdidas, el arrojo de Los Topos y la organización de los ciudadanos ante el espasmo y la inmovilidad del gobierno gris de Miguel de la Madrid; un edifico de los tantos en Tlatelolco, el Nuevo León con sus quince pisos colapsados. Los datos que llegaban como lamentos y lágrimas de impotencia: la hora del temblor 7.19; la intensidad de 8.1 y la réplica que agrandó la agonía y la tragedia lacerante de mi patria que la sentía tan cerca y que no nos dejó estar tranquilos durante varios meses en esta ciudad que también supo de los movimientos de la naturaleza y también de la corrupción.