Por: RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

PABLO NERUDA
(2 DE 4 PARTES)

Un adolescente demasiado tímido que cambió su nombre por un poeta de la Europa del este, apellidado Neruda, el seudónimo por miedo a que su padre supiera que escribía versos. Ricardo Eliècer Neftalí Reyes Basoalto y la leyenda y uno de los poetas más grandes de todos los tiempos y de cualquier país. Nacía su primer título de poemas “Crepusculario” y desde esos recónditos del alma me iluminaba la mía en la calle Ortiz cuando en un cuarto recién construido resguardaba entre las sábanas y altas horas de la noche al lector afiebrado como un desamparado y ya mis primeros escritos de amor los pegaba con cinta adhesiva en las paredes. Poemas espirituales de Neruda, cada libro era de atardecer, de viento y soledades. Este lo saboreé como un vino tinto amargo y dulce que tenía en mi mesa de pocos libros, pero de abundantes sentimientos. “ yo estaré tan lejano que el amor y la pena que antes vacié en la vida como un ánfora plena estarán condenados a morir en mis manos…y será tarde porque se fue mi adolescencia, tarde porque las flores una vez dan esencia y porque aunque me llames yo estaré tan lejano”. Conmovido y henchido de palabras parecían que me tocaban las fibras que era la guitarra de ritmos, respiraciones y el palpitar cuando eran lo principios de los 80s, al sentirme tan solo después de lo amargo de mi salida abrupta de la Universidad y el regreso del viaje por Nogales y sobre todo el recuerdo de amor y desamor que tuve que refugiarme en la escritura y la lectura. Sentir que peldaño a peldaño del foso oscuro y doloroso veía la luz porque la tocaba y eran los rostros del anochecer al llegar el brillo a mis ojos consternados. ”Alto de mi corazón en la explanada desierta donde estoy crucificado como el dolor en un verso…mi vida es gran castillo sin ventanas y sin puertas y para que tú no llegues por esta senda la tuerzo”. Y quizás el poema más conocido de este libro, Farewell, su verso 1: “Desde el fondo de ti y arrodillado, un niño triste, como yo, nos mira. Por esta vida que arderá en sus venas tendrían que amarrarse nuestras vidas. Por esas manos, hija de tus manos, tendrían que matar las manos mías. Por sus ojos abiertos en la tierra veré en los tuyos lágrimas algún día (…) Yo no lo quiero, Amada. Para que nada nos amarre que no nos una nada, ni la palabra que aromó tu boca, ni lo que no dijeron las palabras. Ni la fiesta de amor que no tuvimos, ni tus sollozos junto a la ventana”. El sol se desvanecía y pronto mis emociones me desbordaban porque ya era el momento de estar en el infierno y el cielo.
Lento mis libros me fueron acompañando en el librero construido por una tabla de cama, clavos y alambre. Tendría unos veinte y sobresalían los que eran de “Rius”, política y Pablo. Los llevaba leyendo, repasando en los viajes como cuando me iba los lunes después de las doce del mediodía a laborar al Rosario y entre semana los terminaba y el sábado regresaba por otros y Neruda estaba en mis horas ciertas e inciertas aunque me apasionaba pensar en la revolución que tendría que venir en mi patria. Cuando recibía pago por cooperación lo primero fue más libros, licuados de alfalfa y comprar una licuadora. Arriba en el catre sentía pasar los minutos de la mañana hasta el cansancio porque aunque no se crea, cansa estar como un loco lector que todo devoraba hasta desfallecer. Al tiempo al recibir pago ya con nómina y miembro de la SEP en Ixtapa, me volqué al estar más enamorado, libros y aprovechar los días de asueto cuando no podía regresar a mi barrio a seguir leyendo hasta más de ciento cincuenta al año de todos los colores, texturas, historias y sabores. Compré un librero que aún lo conservo, se le ha hecho cualquier tipo de reparación y en cualquier instante tengo temor que se desplome porque su base está roída por la polilla de tantos viajes; ya no sostiene libros. Está viejo y enfermo y todavía lo quiero, sostiene mis perfumes y papeles, notas, recados, algunos trazos de versos y fotografías. Ya lo demás los tengo en libreros blancos en mi pequeño refugio.
Pido permiso a la escuela y voy a recorrer las librerías a Guadalajara montado en el caballo verde de la felicidad, ardo en deseos de gastarme todo el dinero. Recorrí, entusiasmado es poco, todas las del Centro. Cerca de diez libros de Neruda de todas las editoriales, sobre todo las españolas Bruguera y francesas como Seix Barral. Me dan nostalgias sus precios y total cumplí el deseo: me gasté todo que cupo en una mochila azul y amarilla. Ningún pantalón y menos camisas. En el camino sacaba los libros le quitaba el plástico a unos y a otros los olía y eran olores de tierras lejanas, de Parral Región del Maule, de nuestra América y de odas elementales, de Canto General, Memorial de Isla Negra, Cien sonetos de amor… Terminé dos libros en el regreso a mis labores educativas. Leía parado, en el baño, comiendo, sentado, en los recesos, en la playa y el camión. Esperaba impaciente que se llegara el momento de estar reinclinado en la cabecera de la cama para dar inicio al ritual en esas tardes de murmullos y de pasos vertiginosos cuando mi vida sentía la alegría por vivir los frenéticos momentos, cuando mi poesía tenía las alas de las gaviotas y los caracoles brotaban desde la cercanía y entraba el amanecer por la ventana y mi canción era verdadera.