EL SECRETO
2 DE 2 PARTES

Así llegó el verano lluvioso, el de tiempos frises y los atardeceres combinados de colores, el de las vacaciones. El de las calles solitarias o los viajes al río. Las vacaciones jugando noche en la plaza, después ir a comprar churros y dulces. Nos guastaba contar historias de aparecidos bajo el poste de luz que iluminaba cierto espacio y en bola nos sentíamos muy valientes, pero a la hora de irnos, nos daba miedo y sin que se dieran cuenta los amigos, nos íbamos corriendo y gritando consignas religiosas llegábamos desaforados a la puerta de la casa que era nuestra salvación. Había algo que me sentía infeliz, me daba mucho temor que se descubriera que estaba enamorado de la chiquilla amarillenta, la hija de don Joaquín el de la tienda. Entraba en pánico imaginar que me pusieran El Chinito porque a Luisa así le decían en su versión femenina, por amarillenta.
La soñaba y el último fue que jugaba futbol con mis amigos, en un campo oscuro y sucio y estaba solo contra ellos y me metían muchos goles, desesperado los perseguía, pero no podía quitarles el balón, y cada rato anotaban goles a mi portería indefensa. De pronto me detuve y lancé un grito de pánico cuando descubrí que el balón tenía una forma extraña, ¡era la cabeza de Luisa! Llorando corría implorando que ya no lo patearan, le gritaba al árbitro inexistente que terminara el partido. Sentía la congoja como un remolino en mis venas. Comenzó a llover y todos corrieron, yo buscando la cabeza de mi amada, no la encontraba mientras escuchaba carcajadas entre la oscuridad.
Estuve desganado durante una semana, no tenía deseos de vivir, me la pasaba pensando mucho, en los momentos, en las pláticas cuando salía a relucir mi novia, aunque ella no supiera que la amaba.
Seguía ayudando a mi hermano en la tienda, juntando cartones, limpiando la bodega, haciendo el aseo en los pasillos y el mostrador, acomodando el abarrote, intentando ver a Luisa, pero solamente la veía en la mañana en la escuela, alguna que otra vez. Las mujeres asistían al turno matutino, mientras los niños íbamos en la tarde. En el cambio de turno llegaba más temprano para verla salir, y la distinguía escurridiza, mientras me quedaba sentado enfrente de la escuela, en el batiente del curato.
Mi padre estaba tramitando la residencia de todos nosotros, él trabajaba en una granja de Carolina del Sur. Nos citaron al Consulado de Estados Unidos en Ciudad Juárez para arreglar papeles. Fue todo tan rápido y nos fuimos.
Nuestra estancia duró más de lo esperado, quería regresar, pero los estudios y luego el trabajo, el crédito para el auto, la casa, la novia, el casamiento de mis hermanos, el mío; el fallecimiento de mi padre, todo lo complicó de regresar al origen.
No recuerdo en qué noche, de esas plácidas, me armé de valor cuando mi madre me daba de cenar, estábamos solos, seguramente este momento era el indicado. Le pregunté sin más ni más.
Mamá, ¿usted conoció a la hija más pequeña del dueño de la tienda La Esperanza? Se llamaba Luisa, o se llama, todavía no se ha muerto, esbocé una sonrisa pícara e inocente. La pregunta le tomó por sorpresa cuando me traía dos tortillas calentadas. -Sí, cómo no, ¿por qué? -Es que fue mi amor imposible de niño. Seguí con mi sonrisa leve, pero irradiando dulzura, como si estuviera confesándome y descargaba una maldad. Mi madre se sentó y suspiró: Dios le tenga compasión, ya no supimos nada de ella. Se les fue hace muchos años a sus padres. -¿Cómo? -Sí, Luisa sufrió tanto, más de lo que se pueda uno imaginar. Ojala que tenga la misericordia que merece, pobrecita. Más intrigado, dejé de cenar, me recorrió ese remolino infantil, me quedé quieto y aguanté la respiración. -Tu padre, que en gloria esté, me contó que una noche de borrachera, el compadre Joaquín le confesó que Luisa no era su hija. ¿Cómo?
-Una vez en Guadalajara al hacer sus compras, los robaron en la camioneta cuando regresaban a Etzatlàn. Les quitaron el dinero, mercancía y violaron a la comadre.