Por Rigoberto Guzmán Arce

CAYO LARGO

Mi nombre es Julio César y éramos trece los que salimos en una balsa de bambú en un amanecer desde Cayo Largo en Cuba Me acuerdo del Tío Arturo, Beto, Chuy, Alonso, André, Juanito, Toño. Unos solteros otros casados. Algunos le confiaron el secreto del viaje a la familia y les dijeron que todo saldría bien y que pronto desde Florida iban a recibir buenas noticias. Pidiendo prestado con los íntimos para cambiar dólares en el mercado negro, no despertar sospechas. Tengo 38 años y mira chico, yo estudié Licenciatura en Derecho. De lo que me gusta de mi patria es que todos nos sentíamos iguales, bella la naturaleza, el amor al prójimo, convivir y más feliz con la rumba y la marimba, el cubano es alegre, directos con la verdad. Lo que no me gusta es que nadie puede hablar contra el gobierno, ya son los dueños, son privilegiados, termina uno castigado si lo haces. El pueblo está fastidiado.
Llegó mi tío y a las tres de la mañana estábamos en una choza de palapa, nos dijo: vamos que la guardia no está cerca. Nos habíamos escondido durante dos días. Eso fue recuerdo muy bien, el 20 de noviembre, hace ya tres años. Salimos sigilosos y tan nerviosos, porque todo nos podía pasar. La balsa medía 10 metros de largo por 4 de ancho y un metro de alto. Nos cobraron 15 dólares a cada pasajero. Llevamos provisiones y una biblia. Enfrente de nosotros la inmensidad y nuestro destino colectivo era Cayo Hueso en la Florida. Nosotros simplemente queríamos llegar a Estados Unidos. Antes de partir nos abrazamos todos y alguien rezó para que repitiéramos la oración. Sentíamos los mismos pensamientos, una combinación de angustia, esperanzas, raros. A los pocos días comenzó el calvario nos llegó la zozobra, se terminó la comida y navegábamos a la deriva, ya no sabíamos en qué parte del océano estábamos, perdidos en el Golfo de México. Martirizante cuando el primero murió porque no quiso comer carne de gaviota que atrapábamos con las camisas mojadas. Lo vimos dormirse entre delirios Algunos comenzaron a llorar al ver el cuerpo tieso y morado. Se desataban los miedos. Se intentaba calmarnos leyendo cada cual un pedazo de la biblia y optamos por leerla según quisiera el lector. Fuimos sintiendo lo escabroso: el hambre y la sed. Nos dio nauseas cuando comenzamos a cortar la piel y pedazos de carne del difunto. Era tanta la desesperación que me comía en pedazos delicados la carne de la pantorrilla. Deseos de vomitar, buscaba no masticar porque era peor, pero era tanta el hambre que sentía, hasta nervios tenía con deseos de lanzarme al agua. Chupábamos la sangre, sabe dulce. Comenzamos a vivir entre olas gigantes, truenos, intensas lluvias y teníamos delirios de monstruos marinos y en veces veíamos oasis, sentíamos que llegábamos a una isla con vegetación abundante. Un tiburón se abalanza a un compañero y le arranca una pierna en una dentellada, gritamos de pánico ante el cuadro terrible y más al ver que llegaban tantos tiburones que no sabíamos qué hacer. Ver chorrear la sangre desde la profunda herida, era espeluznante y gritábamos como locos, fuera de sí. Teníamos dos o tres cadáveres y se iban llenando de gusanos, entonces decidíamos arrojar al mar a los que tenían más tiempo de muertos y los veíamos flotar, inertes, se nos partía el alma, al imaginar lo que había dejado de vida y familia en Cuba. Otras veces la marea nos volteaba la balsa. Pasó, en esa ocasión, un barco junto a nosotros y les hicimos señales para que nos salvaran y nada de nada, pasó de largo. También veíamos venir pequeños botes, y jubilosos nos abrazábamos, pero no era cierto. Se nos fueron borrando las horas, no sabíamos el tiempo era tanta el hambre que deseábamos morir, todos queríamos vivir. Sufríamos de diarrea, vómitos, nauseas, una combinación de nuestros cuerpos lacerados. Para tomar agua con la camisa juntábamos agua y al exprimirla nos bebíamos el agua salda, gaviotas crudas con plumas las mordíamos. Nos acompañaban delfines y se lanzaban junto a la lancha y hacían un tsunami, eran nuestros salvadores porque ahuyentaban a los tiburones, nos aferrábamos a ellos en su piel áspera y dura que parecen de piedra, recorríamos enormes distancias aferrados a ellos, los pocos que ya quedábamos. Ora vez monstruos marinos, era el diablo. Despiertas y te estás muriendo, no sabes que sigue en este calvario. Después veíamos a Dios bajando por manantiales arriba en el cielo. Quemados de la piel, el miedo tan doloroso, y picoteados por las aves, creímos morir los tres sobrevivientes. Miramos una barca y sentimos que eran ángeles de Dios. Ya no supe más. “El que busca encuentra a Dios”, te lo juro chico. Era la guardia costera. Estuvimos tres meses en un refugio en Cozumel. Nos utilizaron al exhibirnos y recibían dinero, comida, ropa, tantas cosas por parte de la población y nos daban lo mínimo. Me escapé en un tráiler, tengo quince días huyendo, me andan buscando. Mis familiares pensando que había muerto. De los otros dos no supe qué pasó con ellos. Chico, con la vara que midas serás medido. Frase que me repitió como diez veces con el rostro desencajado y los ojos desorbitados y en sus reflejos veía la balsa de bambú.