MALDICIONES

Por Rigoberto Guzmán Arce

Las puertas cerradas, la madera crujía y la llave de fierro sonaba con desesperación. La calle sola, pronto se vaciaba, nos gritaban que ya nos metiéramos y a duras penas obedecíamos, pero en fin. Mi madre sacaba de su monedero negro una brillante moneda blanca y la ponía en el piso bajo la puerta por donde entraba el viento de la noche. No le tomé interés dos o tres veces, hasta que los rumores de miedo los escuchábamos entre los menores. Con esa moneda de diez centavos se podía comprar un kilo de azúcar, cinco piezas de pan o más de un litro de leche bronca.
También en otras casas al caer la noche la gente depositaba la moneda que al día siguiente no estaba ya en ese lugar donde la habían dejado. Bajo una vela después de una tormenta escuché la historia que me tenía intrigado, se había ido la luz y a pesar de estar gritando en la calle: “Ojos de venado que venga la luz”, no regresó y decidimos suspender el juego de Los Quemados. Escuché horrorizado que había una anciana que salía por las calles a recoger la moneda que le dejaban bajo la puerta. No podías salir en el momento que pasaba. La gente se refugiaba por el temor no de sus años, sino que era tan peligrosa verla ya que tenía lo peor de las pesadillas en esta realidad que no creíamos fuera tan cruel.
Cuentan que tenía fama de usurera, prestaba y cobraba a rédito, altos intereses que no le podían pagar y entonces ella se quedaba con propiedades, carretas, herramientas de labranza y de construcción, casas y solares. De carácter fuerte, y vestida siempre de negro, cuerpo estirado, al momento que ibas a pedirle prestado sabías a lo que te exponías y firmabas un pagaré en presencia de dos testigos que ella les mandaba hablar con una de sus sirvientas. Vivía en una casa vieja de muebles afelpados y donde todo estaba en una enorme sala, entre jarrones y pila de ropa apilada, y en un largo pasillo estaban las jaulas de pájaros. La casa fue una herencia y ella se vino desde tierras lejanas, muy parca para hablar que se fue haciendo de su origen, un mito. Desde 1943 vive allí junto a los mangos en la orilla norte del apacible pueblo. El vulgo la conoce como Doña Usurera o La Cuerva y en las cantinas es motivo de burlas e ironías: si ya no traes para un aguardiente anda con la usurera para que te preste. Es de armas tomar porque basta un llamado de la mujer para que la policía llegue a cobrar a los deudores. El papelito habla y no había poder que la detuviera. También tenía fama de pagar indulgencias, alguna que otra obra de caridad y nada más. Asistía a misa de los miércoles y acompañada de su mozo Genaro, su fiel escudero desde que llegó al pueblo.
No se supo desde cuándo las señoras ponen la moneda, pero fueron los choferes de los primeros autos de alquiler, que temblando y manejando, veían la sombra, una silueta que distinguían el caminar de La Cuerva a las diez u once de la noche. Los Serenos nunca se la encontraron porque era llevarse la tragedia a sus casas.
Aquí estamos temerosos escuchando, por una maldición de alguien de los ofendidos o humillados, por castigo divino, su cuerpo se le iba descarapelando y no tenía cura, se le estaban cayendo poco a poco la carne de su dedos, de las manos, de los brazos. Pobre y desesperada porque el mozo le robó todo lo que usuraba y nunca más lo volvió a ver. Entonces ella como venganza quería entrar a las casas que no le dejaran una moneda. Al revisar que la depositaban entonces continuaba el camino en las penumbras. Dios guarde la hora aquella casa que no pusieran la moneda plateada porque se raspaba sus manos y por abajo de la puerta soplaba el polvo de la carne y de huesos como si fueran harapos de contagio y de muerte.