Por Rigoberto Guzmán Arce

IMAGINACIÓN

Un camino sinuoso, lleno de peligros aunque no pasan casi autos. Los rayos del sol suave y las sombras en las paredes me acompañan. No conozco las rutas del espacio y ni sé como se divide el tiempo, pero ante una puerta de madera de aldaba y de dos hojas me libero y voy a tientas entre la bruma de mis ojos que difuminan imágenes de claroscuros para cruzar la tempestad de piedras y el golpeteo del corazón que me imanta a seguir por algo que hasta en sueños me incita a repetir y comenzar de nuevo en las pulsaciones para iniciar la travesía. Son casi cien metros de los de hoy, porque para mí que a los 16 meses eran una eternidad que se recorría a tientas y procuraba sentir el roce con los muros de casas que se habitaban de rostros que me parecían de fantasmas y de olvidos, unos encuentros de cuerpos desconocidos, el saludo sincero entre ellos y la limpieza en el aire y en el camino. La ruta de la intuición era zarpar del puerto de Arista para arribar a Abasolo. El olor de adobe y tejados con algún sabor dulzòn de la mañana eran la brújula de mis deseos porque ya muy cerca, pero muy cerca estaba mi lugar, las calles olían a hierba recién cortada y a tarros de leche y miel, el fuerte aroma del pan delataba que ya estaba cerca del destino: la casa grande.
Tocaba con mis dedos frágiles y mi voz apenas audible fueron los primeros auxilios en la larga travesía y el miedo galopante tras de mí cuando la puerta de fierro con un agujero en el centro, era mi consuelo al abrirse. Duraba quieto y otra vez intentarlo para que se abriera por la señora gigante vestida de gris y delantal, de manos blancas y laboriosas y allá al fondo de los pasillos distinguía un blanco que decoraba como si fuera un altar donde brotaba el fuego y me llenaba de sensaciones porque calmaba mi alma, que para hablar con el estómago, calmaba el hambre y por eso mis emociones iniciales era venir a este territorio bajo el dominio de los sabores y olores.
Era poca cosa porque entre pesadillas y velas de parafina, cuando el pabilo ardiente consumía a la endeble cera; entre el movimiento de los pinos y el rumor del viento frío, recorría enormes distancias llevando una lata de manteca y me cansaba por lo empinado y por lo lejano de la Meseta de Juanacata. La oscuridad de complicidades y los instintos primeros dibujaron mis trazos mentales de lo que sería mi mundo, caminar por entre la luz y las sombras, entre amigos y enemigos, entre el amor y el desamor, entre la humanidad de otras geografías y entregar la vida por los humanos cotidianos. Mis sentidos se abrían ante el sonido de la lluvia y los miedos de mi madre a los relámpagos; se moldeaban cuando la noche eran los ojos que hechizaban como el tecolote que canta y las cobijas pobres eran el refugio seguro y temporal para calmar mis temores. Siempre nervioso y atento a los demás porque por sus movimientos también conocía de las alegrías y escenas del teatro conjugado de martirios y desencantos. Eran espejo para mi débil presencia, claridad para mis necesidades y negrura para mi condena.
Los regresos eran de expectación porque se unía el corazón de la semana, Rosa, Manuel, mi madre la maestra Lola y yo bajando el cerro del Pando y llegando al Río Chico lleno de higueras y retoños, guías de flores y guijarros cuando Lupe, Gloria y Toño nos recibían. Corría como loco porque esa alegría se convertía en eternidad y el nacimiento de un nuevo planeta que por la explosión de júbilo se construía en los abrazos alejando mis pesadillas de soledad en medio de mi poderosa imaginación que acechaba como siempre, porque no se iba del todo. Quedaba cauteloso como lobo y escorpión.
La casa se iluminaba de seres extraños cuando recorría los rincones los vericuetos del corral amplio y los patos, gallinas, pichones era la celebración de alas y picos entre los árboles. Hombres de barbas blancas y miradas melancólicas venían de lugares que no imaginaba, pero hablaban de cosas que aturdían y las palabras parecían de lenguajes desconocidos en los laberintos de frases que no hilaba porque huía ante los libros de carne y hueso que se abrían por ráfagas cambiantes en la dirección de los temas como la rosa de los vientos. Sólo alcanzaba a oír que fulano de tal, que Pinabete, Macho Ruso, avionetas y lomerío.
Cruz y Pablo y ya dormido seguían en mi sangre sus diálogos cuando se quedaban estos visitantes en mi tierra de la memoria cuando me llevaban cargando al reposo y aquí se juntaba un pato para picotear la boca de la voz ruda de Cruz, el del saco y dos chamarras. La revoltura de historias iniciaba por culpa de que ya mi viaje era a los sueños complicados porque aunque no quisiera oír a los adultos de tantos años, quedaba impregnado como el olor al encuentro de mi abuela Lupe y sus hermanos y los primos que venían de pueblos de humo de La Yesca.