Por Luis Melgar Carrillo.  lumelca@live.com.mx

Cuando un ciudadano perspicaz, observa los esfuerzos que hacen los gringos para detener el narcotráfico con la fuerza de las armas, no puede menos que soltar una sonora carcajada.    Entre más difícil sea la introducción de las drogas a Estados Unidos, mucho mayor será el negocio, para los aprendices del chapo Guzmán.    El precio de los estupefacientes, se incrementa en proporción a la dificultad de introducirlos a cualquier país.   Entre más caros sean los alucinógenos, el negocio es más grande. 

La DEA, indudablemente está guiada por miopes, que en muchos casos son ciegos o casi ciegos.   Hay negocio del tráfico de drogas, porque hay gran demanda.  Y no es con prohibiciones, ni con pistolas, como va a disminuir esa demanda.

De forma paralela, nuestros ilustres gobernantes están tratando de eliminar la violencia, por métodos de la misma naturaleza, a los usados contra el narcotráfico en Gringolandia.  Hay gran violencia porque la ambición de millones de personas es ilimitada.    Se quiere vivir a niveles de opulencia, sin el esfuerzo necesario para adquirirla.  

Cualquiera que visite barrios muy populares, y aparentemente muy pobres, puede advertir que en muchas casas, existen varios televisores de tamaño gigante.   Casi todos los habitantes de  esa colonia poseen teléfonos celulares de alto costo, usan ropas de marca, y quieren vivir a un nivel de consumo, como si fueran estrellas de Hollywood.

La guerra interna entre facciones antagónicas, que luchan por el control de los mercados de ilícitos, es probablemente la mayor influencia que induce a la violencia.  Cientos de miles de personas están dispuestas al asesinato, al robo, a la estafa, al secuestro, a la extorsión, al tráfico de blancas y hasta al huachicoleo.   Gran parte de la población está dispuesta a delinquir para adquirir riquezas.   Son proclives a la delincuencia, por la gran decadencia, de los valores de antaño.

Es frecuente que cuando se vuelca un tráiler, de repente aparecen cientos de saqueadores, que en muy poco tiempo se lanzan a la rapiña de las mercancías que transporta el vehículo accidentado.    Esa mercadería tiene dueño.   Los saqueadores, literalmente están robando estas mercancías.  Se han dado muchos casos, en que quienes conducen estos vehículos quedan lesionados y en muy grave estado, sin que los saqueadores se inmuten.   Muy probablemente ese tipo de fenómenos no se suelen observar en los países nórdicos, ni en Japón.

Cualquiera que haya viajado por las carreteras, habrá advertido que los patrulleros que intervienen ante las irregularidades en la conducción de vehículos, están dispuestos a aceptar sobornos, para ignorar de forma voluntaria, los errores e infracciones cometidas.   En las ciudades pasa lo mismo.    La policía de tránsito está plagada de ejecutivos, que son proclives a aceptar mordidas, que en algunos casos, hasta ellos mismos proponen como solución.

En los partidos políticos se vive una lucha sorda por ascender, a posiciones en donde se tenga la oportunidad de participar como candidatos, a los puestos de elección.   En esa lucha se suelen dar todo tipo de traiciones y de intrigas. No es de extrañar que cuando muchos de estos traidores, tengan la oportunidad de ocupar puestos desde los cuales puedan delinquir, lo van a hacer.    Al fin y al cabo muchos de ellos son el extracto del  mismo tipo de gente, que participa en la rapiña de los accidentes viales de las carreteras, o del huachicoleo.

Es la misma gente que está dispuesta a sobornar, a infringir las leyes del tránsito y en un caso extremo a matar para obtener todo aquello que anhelan.   Por esa razón, algunos autores mencionan que cada pueblo tiene el gobierno que se merece.  ¿Qué es lo que ha sucedido con los valores que experimentaron nuestros abuelos?   ¿En dónde se origina nuestra decadencia moral?

La respuesta no es fácil.  Sin embargo lo que se puede afirmar, es que este deterioro, evidencia una ausencia de Dios, en los corazones de la población.   Esa ausencia puede observar en detalles como el siguiente:  Las personas que se atreven a promover los principios morales de antaño, tales como el rechazo a la denominada “ideología de género”, hoy día son perseguidas, y hasta pueden parar en la cárcel.  Los viejos principios morales se ignoran, desechando que las escrituras, que contienen principios cristianos, las condenan.   La gran mayoría de los creyentes se ha transformado en meros religiosos. Como podría haber dicho Chespirito “Cristianos de a mentiritas”.

Hoy día el gobierno en turno ha creado la denominada Guardia Nacional.    Este cuerpo colegiado pretende reprimir por la fuerza de las armas, la violencia, el robo y la rapiña.   ¿Cuánto tiempo va a pasar para que este esfuerzo se deteriores? ¿en cuánto tiempo los miembros que actualmente inician con entusiasmo sus nuevas labores, se van a llegar a corromper?

No cabe duda que los otros cuerpos policiales que están siendo desplazados por esta nueva forma, que se presenta como la Guardia Nacional, también se iniciaron con buenos propósitos.  Sin embargo en gran cantidad de casos, se llegaron a prostituir.  No es por decreto legislativo, como se puede enderezar el corazón de un pueblo, cada vez más inclinado al mal.     El pueblo se puede enderezar cuando cada persona actúe, bajo los principios morales que se enseñaron y se practicaron en el pasado.

Lo que instituciones como la Guardia Nacional, La Policía Federal y tantas otras muchas más pretenden con las metralletas, es encerrar en las cárceles a los delincuentes.  Esas cárceles ya están abarrotadas y los internos viven en hacinamiento.   Los presidios son verdaderas escuelas del crimen.    Los delincuentes aprenden en esos lugares formas más refinadas para delinquir.

Con la influencia de medios publicitarios como la televisión, la población toma conciencia del “aparente beneficio”, de adquirir bienes de lujo, que en la mayoría de los casos, realmente no necesita.   La gran mayoría de estos bienes resultan carísimos.  Los salarios normales no alcanzan para su consumo.  Muchas personas ilusionadas por la ambición desmedida por adquirirlos, ante las limitaciones financieras que les ofrecen los trabajos dignos, son proclives a prostituirse hacia la delincuencia.

Si los gobiernos pretenden hacer un trabajo serio, que fructifique a largo plazo, el esfuerzo se debe orientar hacia la consolidación de los valores que se han ido perdiendo.    Es en las guarderías o estancias infantiles en donde se puede iniciar un esfuerzo por concientizar y educar tanto a los padres, como a los mismos niñitos.  Las escuelas e instituciones de enseñanza a nivel medio, son los que deben continuar con esta labor.   Y finalmente las universidades pueden ser el medio, para sellar esta formación.

Pese a todo, el gran problema que se debe afrontar ante este tipo de soluciones, es que los mismos maestros son víctimas de este deterioro moral.   Muchos maestros están dispuestos a quemar vehículos y a llegar al extremo de matar a quien se oponga a sus expresiones de violencia cavernícola.   Es cierto que hay injusticias, pero también es cierto que con violencia no se remedian.   Maestros así, no son precisamente el ejemplo de personas que puedan moralizar tanto a los padres, como a los niñitos.

Si en futuro se quiere llegar a verdaderas soluciones, en vez de crear fuerzas represivas como la Guardia Nacional, que intimiden para tratar de evitar el uso de la violencia, el gobierno podría tratar de invertir en la formación y reeducación moral de estos maestros.