Por: Martín Elías Robles

A mi viejo con amor

 Para mi padre que fue un gran maestro de lengua y literatura; como solía decirle el notario Villalobos, cada vez que le veía. Sergio Alejandro Robles Blas, fue un maestro dedicado que nunca faltó al aula; él tuvo la oportunidad de sacar a varias generaciones de estudiantes a lo largo de sus 30 años de servicio en el sistema de educación básica federal. Por muchos años vivió en San Fernando, Tamaulipas donde le asignaron la plaza de maestro, tiempo después regresó a Nayarit para trabajar en una Escuela Secundaria en la Peñita de Jaltemba, y finalmente, también por mucho tiempo en una Escuela Secundaria de aquí de la capital Tepic, hasta que murió. Como un homenaje a todos  los maestros de vocación, a los “profes” entregados que enaltecen esta noble profesión; que son mentores, amigos y seres humanos en toda la extensión de la palabra, les transcribo, “Mi maestra” algo de Juan José de Soiza Reilly, un escritor argentino que describe en sus relatos la efusiva convivencia  entre los alumno y maestros  durante los primeros años de la vida educativa: “Me parece verla todavía. Cierro los ojos y la veo. Pero la veo tan bien, que al evocar su imagen, dudo de que haya muerto… La pobre murió tísica. Los chicos  a quienes ella idolatraba, fueron sus victimarios. Tanto la hicieron sufrir y tanto la hicieron llorar, que la infeliz no tuvo más remedio que morir. Y murió, os lo juro, santamente. Era pequeñita, rubia, suave… Hablaba con los ojos. Sus ojos eran negros. Además de negros, eran tristes, pero de una tristeza de niño enfermo que no tiene juguetes… ¡Pobre maestra! Me dan ganas de llorar cuando me acuerdo de ella… Yo la hice penar mucho. Una vez lloró por mí de tal modo que, todavía, después de veinte años, mi corazón se encoge de vergüenza; Sin embargo, mi culpa no era grave. Su temperamento enfermizo y sus nervios sensibles de violín armonioso, agrandaron mi falta. ¿Qué le hice? Fue sencillo. Aprovechando un instante en que ella salió al patio, escribí en un pizarrón, con tiza, lo siguiente: “La maestra se parece a un fideo”… Cuando volvió al salón y leyó esa grosera mofa a su flacura, no pudo hablar. Se puso pálida. Tuvo un acceso de tos. Se fue a su mesa, y con los codos apoyados en ella y cubriéndose el rostro con las manos, comenzó a llorar y a toser. Lloraba de una manera tan melancólica y tan en silencio, que todos enmudecimos. Aquel llanto y aquella tos nos hicieron ver un poco más el fondo de la vida. Por nuestras inconscientes almas infantiles pasó un helado soplo de miedo. Yo temblé. Quedé inmóvil en mi banco, hasta que oí la voz de la maestra. Habíase quitado las manos de la cara, y a través de las lágrimas, nos dijo: -¿Por qué son ustedes tan crueles?… Estoy flaca, es verdad, muy flaca… Hace quince años que trabajo, enseñando a leer y a escribir. Hace quince años que sufro el placer de educar a los niños. Hace quince años que estudio de noche y de día para sostener a mi familia y para evitar que mis pobres padres viejos  se mueran de hambre. De tanto trabajar me he puesto flaca… Sí flaca, como un fideo… ¿Y ustedes no me tienen lástima? Cuando la infeliz dejó de hablar, muchos chicos lloraban. Otros oían con la boca abierta. Los demás temblaban. – ¿No me tienen lástima? –repetía la señorita. ¡Flaca como un fideo!... ¿Quién escribió eso? Reinó en el aula un silencio profundo. Nadie se atrevió a denunciarme. Pero, cuando las clases terminaron y todos los alumnos se fueron, yo me quedé el último. Mi maestra en el zaguán presenciaba el desfile. Aguardé hasta el final. Entonces me aproximé tembloroso: -Señorita –le dije.   -¿Qué?   -¿Me quiere hacer un favor?  -Con mucho gusto. ¿Qué quieres?  -Deme un beso.  –Tómalo   -Ahora pégueme…  -¿Qué te pegue?  -Sí. Pégueme fuerte. Dème una cachetada. Hágame saltar los dientes… ¡Pégueme!  -Pero, ¿por qué? ¿Estás loco?  -No, señorita soy un asesino. Yo fui quien escribió aquello en el pizarrón. ¿Se acuerda?  -¿Tú?  -Sí. Yo.  Me tomó en sus brazos. ¡Yo tenía nueve años! Me besó. Me besó una vez. Dos veces. Tres veces. Muchas veces… ¡Aún me parece estarla besando!  Al día siguiente, pedí a mi madre una monedita para comprar bizcochos. Fui a la botica: -Deme diez centavos de pastillas para la tos. Llegué a la escuela. Penetré triunfante. Y ocultamente, sin que los demás chicos me vieran, le regalé a mi maestra las pastillas.  –Tome, señorita. Son buenas para la tos. Me acarició con sus manos húmedas y frías. Me besó en la frente y… Pasaron los años. Cuando volví a mi tierra fui a visitar su tumba. No fue, sin duda, la historia de mi buena maestrita lo que empecé a contaros. ¡Pero es tan bello remover penas viejas! Además, no podría nunca evocar en mi memoria el recuerdo de aquella escuela, sin que se filtrara por las rendijas de mi corazón la imagen de quien me enseñó a leer y a presagiar la vida”. 

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