Por: Martín Elías Robles

HAY QUE LEVANTAR EL ÁNIMO

 En las andanzas de la artisteada. Era una fiesta suntuosa de estas que sólo los ricos, o los poderosos del gobierno pueden realizar, mi hermano y yo llegamos para increíblemente ser parte del elenco artístico que amenizaría la boda de una pareja que eran hijos de importantes personalidades de la política mexicana. 

Uno de los contrayentes tenía como padre a un secretario muy cercano a la señora Nilda Patricia Velazco de Zedillo, la esposa del ex presidente de México Ernesto Zedillo, personajes a quienes dicho con toda honestidad nunca vi por el lugar del evento, pero en otra ocasión le contaré amable lector sobre lo interesante que puede ser admirar una festividad en la que hasta los mínimos detalles son cubiertos para hacer de una boda un evento de ensueño; hoy me referiré a las desgracias que también se dan cuando el dinero se tiene a manos llenas, o cuando se pone en manos de los hijos sin tener el cuidado de saber en qué lo gastan.
Esa tarde calurosa luego de permanecer un buen rato en la dichosa celebración matrimonial, me dirigí a uno de los elegantes baños que había en la portentosa hacienda, y lo que descubrí me causó un serio desconcierto, pues ahí dentro, un grupito de jóvenes estaba ingiriendo drogas, muchachos no mayores a los 18 años quienes sin ningún empacho me ofrecieron lo que consumían; desde luego les dije que no me gustaba su peligrosa distracción, y sin más me dirigí derecho a realizar mis necesidades fisiológicas. Salí del baño con la desagradable impresión de ver a los muchachos envueltos en un vicio que indudablemente le hacía mucho daño a su salud, pero también con un serio resentimiento hacia sus padres por no tener el cuidado para evitar la drogadicción de sus hijos.
Tristemente esto pasa en todos los extractos sociales; al paso de los años muchos de nuestros jóvenes han caído en los vicios porque los padres han dejado de tenerles la atención debida; porque nos hemos vuelto exageradamente consentidores, o porque hay hijos que sencillamente olvidaron todo el respeto hacia su familia y a ellos mismos al no saber cuidar su cuerpo.
Qué tiempos aquellos cuando nuestros padres nos dominaban con la sola mirada, entonces eran criticados por autoritarios, pero mantenían los valores vigentes; qué tiempos aquellos cuando se hacía caso a la conciencia, a la sensatez antes de caer en alguna barbaridad.
Cierto, todo cambia, pero lo lamentable es que en algunos casos sea para mal… HAY QUE LEVANTAR EL ÁNIMO. Tengo un amigo muy especial entrado en los 75 años que por azares del destino se ha quedado solo, sin familia, y sin propiedad alguna; él renta un pequeño cuarto en una casa del centro de la ciudad donde le da de patadas a la soledad.
Para poder subsistir un buen día se puso a arreglar zapatos en un negocio que atiende a través de su ventana; don José pone tapitas y tacones a los zapatos, y cuando se requiere de un trabajo mayor como coser el calzado, pues decidido toma el encargo del cliente y va con quien tiene una máquina para no fallar con el compromiso. Don José, aficionado al dominó, pero que no le gusta la tomadera, tiene muy pocos amigos, es un hombre solitario al que los hijos parecen haber olvidado. Cuando me ha invitado a que le acompañe a comer en su pequeño terruño, me cuenta de mil cosas, de la vida, de las mujeres, de sus hazañas, pero de la familia es un tema que no se toca, y que yo respeto.
Lo admirable de mi buen amigo es que no se achicopala ante nada, tiene una fortaleza de mente y espíritu que ya quisieran muchos jóvenes.
Un día se enfermó y fue a parar al hospital, pero como no le dijo ni a su casera a dónde iba, pues no supimos de él por quince días; la señora de la casa pensando en que no regresaría levantó su camastro y su humilde mesa de trabajo para limpiar el cuarto y poderlo rentar nuevamente. Afortunadamente José llegó justo antes de que se rentara el cuartito, reclamando su derecho al espacio y quedándose nuevamente a vivir ahí. Así lo volví a ver una tarde en que le saludé con mucho gusto luego de que en su casa me invitara unos tacos de sardina con salsa casera y un refresco, de esos que dicen son la chispa de la vida, anuncio en el que estoy empezando a creer pues a don José le atendieron de un infarto al miocardio y por fortuna salió muy bien librado a pesar de su edad y su gusto por la bebida gaseosa.
Como le digo, amable lector, hay mil maneras de enfrentarnos a las cosas difíciles de la vida; uno es quien decide si termina apachurrado en una mecedora, o se levanta todos los días con el ánimo de salir adelante haciendo a un lado los obstáculos, venciendo a veces lo invencible como lo hace mi buen amigo José. “De anécdotas y otras estridencias”. Martín Elías Robles.

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