LA FE DEL CRISTIANO

Por Luis Melgar Carrillo. (lumelca@live.com.mx);

El Nuevo Testamento (N.T) define la fe como la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. A Abraham se le conoce como el padre de la fe. Una de las tantas muestras de su gran fe, fue su disposición para sacrificar a su hijo Isaac, cuando Dios se lo pidió. Las escrituras mencionan que Abraham le creyó a Dios, y le fue tomado por justicia.
El N.T. menciona que hay dos compromisos de Dios en el nuevo pacto. El primero es pasar por alto los pecados pasados. El segundo es dejar el camino abierto para entrar a su presencia, que se conoce como entrar al Lugar Santísimo. Ambos eventos son consecuencia de actos de fe. El Creador los concede por medio de la sangre derramada de Jesús. Quien tiene fe, cree que esos dos compromisos son posibles de alcanzar.
Cuando se dice que el pecador es justificado por sus pecados, no quiere decir que de allí en adelante el pecador es justo. Únicamente es justificado. A partir de esa justificación comienza la caminata cristiana, que es el camino que se tiene que recorrer para llegar a ser justo. A este evento de justificación es a lo que se denomina “El Nuevo Nacimiento”.
Una evidencia de ser un hombre de fe es creer en las escrituras. Por ejemplo, creer que existen los demonios, y que esos demonios pueden poseer o gobernar a un ser humano. Las escrituras dicen que Jesús liberó de demonios a un cautivo, y que los apóstoles le preguntaron la razón por la cual ellos no pudieron hacerlo. Su respuesta fue que no lograron hacerlo por su poca fe. Que si ellos tuvieran fe como un pequeño gramo de mostaza le dirían a un monte “muévete y échate en el mar” y sería hecho. Pero la clase de demonios que poseía el endemoniado liberado, solamente podía salir con oración y ayuno.
Esa respuesta aclara que se puede tener poca o mucha fe, y que cada creyente tiene la potestad de conducirse en su vida mediante actos que puedan incrementar su fe. La fe, entonces, es un atributo del creyente que va creciendo en proporción a su evolución espiritual.
El apóstol Pablo menciona que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios. Esa aseveración induce a meditar que es mediante la recepción directa de la palabra de Dios, como se puede incrementar el grado de fe. Se debe poner atención que Pablo no menciona que es por la lectura de las escrituras como se aumenta la fe, sino por oír la palabra de Dios.
Dios le puede hablar al creyente de diferentes maneras. Por ejemplo, por medio de una visión, por sueños, por profecía, oyendo prédicas, por un consejo de otro creyente, por estorbar la caminata del cristiano, por el énfasis sentido en el corazón por algún detalle de la lectura de las escrituras e inclusive por escuchar audiblemente su voz.
Cuando Dios le habla al hombre, espera que el receptor ponga por obra lo que Dios le ha ordenado. Las escrituras mencionan que cuando se acata lo que el Creador ha hablado, conduce a bendiciones y beneficios por su obediencia. Se puede inferir, entonces, que como resultado final de recibir las bendiciones se incrementará la fe. Que se le creerá más a Dios como consecuencia de la obediencia mostrada, cuando se hayan recibido esas bendiciones y beneficios.
Por tales razones se puede concluir que un hombre puede ser llamado un hombre de fe, cuando verdaderamente le cree a Dios y actúa conforme a lo que le manda. Se es cristiano porque se actúa conforme a las normas y pautas que dejó Jesús, plasmadas en sus enseñanzas, que se guardan en las escrituras. Su caminata cristiana, es un termómetro que detecta el grado de fe que se tenga. Un creyente que no siga las pautas dejadas por Jesús revela poca fe. Otro creyente que dé testimonio de vivir conforme a esas enseñanzas, revela un grado de fe mucho mayor.
El temor de Jehová que se tenga es proporcional a la fe. Si un creyente se abstiene y restringe cuando es tentado o seducido por el pecado, está dando muestras de su grado de temor a Jehová, y por consiguiente de su grado de fe. La obediencia que alguien tenga hacia los mandamientos de Dios es proporcional a ese temor, y consecuentemente a su grado de fe.
Las escrituras inducen a implementar buenas obras. El apóstol Santiago afirmó que la fe sin obras es muerta. Hay muchas acciones que se pueden hacer para con los semejantes. Lo que se haga por ellos proyecta la calidad de las obras. Ese caminar refleja el grado de fe que se tenga, Hay dos acciones que manda la Biblia que se pueden implementar, que revelan claramente este grado de fe. Dar cuando se le pide y perdonar las ofensa recibidas. Jesús dice, al que te pida dale. También dice que quien no perdona a su hermano no será perdonado por el Padre.
Por otra parte todo creyente puede fallarle a Dios. Cualquiera está expuesto a pecar. Constantemente se presentan tentaciones que someten a prueba la fe. Sin embargo cuando un creyente cae, no implica que Dios lo haya desechado. Si el creyente se arrepiente afligido, confesando su falta y restaurando al agraviado cuando lo hubiera, Dios, en su misericordia, lo perdona. Quien cae está evidenciando su debilidad. Pero se pueden considerar dos cosas como consecuencia de su caída y arrepentimiento: la primera es que si hay un arrepentimiento es por fe y, en segundo lugar que si se peca hay una esperanza.