EL TEMOR DE DIOS I

Por Luis Melgar Carrillo.  Tel 160 28 09

No se puede amar a una persona sin haberla tratado antes.  Entre más relación se tenga con una persona, más se la ama.   Espiritualmente sucede lo mismo no se puede amar a Dios si no se ha tenido momentos de intimidad con él.  Mientras más comunión se tenga con el Creador, más amor se le tiene.  Como menciona Jesús, esos momentos se logran en lo secreto, a solas con Dios.  Los salmos mencionan que Dios anhela esa intimidad.

Cuando crece el amor por una persona, se trata de agradarla y de complacerla.  Quien ama a otro, ama lo que él ama.     En paralelo, quien ama a Dios, ama lo que Dios ama y aborrece lo que Dios aborrece.     Estas verdades son recíprocas.   Las epístolas paulinas también mencionan que Dios se complace en los que lo aman.

Cuando se comienza a sostener un sentimiento de amor a Jehová, se comienza a proyectar la vocación por agradarlo y por evitar desagradarlo.   Esta relación conduce a evitar  el pecado.  Se comienza a manifestar un temor a ofenderlo, temor a fallarle, temor a herirlo y a defraudarlo y temor a llegar a perder la comunión con él.   Estos sentimientos nacen de una intensa relación de amor.

El libro de Proverbios se define el temor de Jehová como “aborrecer el mal”.   Lo cual se puede interpretar como que a medida que se proyecta el amor a Dios, se comienza a aborrecer el pecado.   Las formas de pecado incluyen la mentira, el engaño, la deshonestidad,  las borracheras, la rebeldía, la infidelidad y en general todos los llamados frutos de la carne.  Esas acciones son contrarias a los caminos por los cuales Dios espera que se debe conducir cada uno de sus hijos.

La conciencia de lo que Dios demanda, se incrementa a medida en que el creyente se informa acerca de lo que el Creador le ha prohibido para su vida.     Esa información se encuentra registrada en las escrituras.   Por tal razón se puede concluir que una de las maneras de incrementar el espíritu de temor de Jehová, es mediante el conocimiento de esas escrituras, tal y como la misma Biblia lo indica.  

Esta información poco a poco produce un rechazo o aborrecimiento por todas las formas de pecado que Dios ha proscrito.   Es posible detectar el grado de temor de Jehová en una nueva vida, a medida en que en las acciones del creyente comienzan a proyectar un rechazo por el pecado, y un esfuerzo por apartarse del mal.

Un camino directo para provocar ese crecimiento es mediante la implementación constante, de momentos de intimidad con el Creador.   Cultivar una relación constante de amor hacia Dios, da la oportunidad de recibir directamente de Él, el alimento espiritual que le permite el crecimiento del Espíritu Santo en su vida.  Es un sendero para que Dios le hable directamente.

Este temor se va incrementando en la vida de cada persona a medida en que establezca una intimidad con su Creador.   El aborrecimiento por el pecado comienza a ser parte del creyente, como consecuencia de esa relación de amor.

Cuando el Espíritu Santo entra al corazón humano, lo hace con todas sus facetas o formas de expresión.  Sin embargo, al inicio, aún no se manifiesta ninguna señal que las muestre.  Progresivamente, comienza a revelar, en su hacer diario, cada una de estas caras, conforme evoluciona espiritualmente.  Una de estas facetas es el denominado espíritu de “temor de Jehová”.  

El temor de Jehová se ha definido como la conciencia constante de que Dios está pesando y ponderando todos los pensamientos, palabras, intenciones del corazón y obras que implementa cada ser humano.    Esta conciencia incluye la convicción de que todas ellas serán cotejadas, contra los lineamientos y mandamientos que Dios le ha revelado a la humanidad.  La convicción implica la creencia  de que, al final de su vida, el creyente será juzgado por Dios conforme a este cotejo.  La Biblia menciona que este juicio determinará el destino y la posición eterna de cada persona.

Jesús dio muestras de haber incrementado el temor al Padre.  También mostró y mencionó una pasión por complacerlo.     Como contraparte, el Padre manifestó complacerse en el Hijo.   Esta complacencia del Padre fue consecuencia del temor al Padre que Jesús siempre abrigó en su corazón.

Además de informarse sobre los caminos que Dios ha mandado para los hombres y de mantener una intimidad secreta con El,  hay otras dos maneras para incrementar el temor a Dios.  Una primera es diezmando.  Quien no diezma difícilmente incrementa ese temor.     Dios ha establecido el diezmo como un mandamiento.   El Nuevo Testamento lo confirma en el libro a los Hebreos.   El mismo Jesús dijo que diezmar era algo que se tiene que hacer.  Diezmar implica apartar el diez por ciento de los ingresos.

Quien no diezma a sabiendas que debe hacerlo comete pecado.   Por esa razón las personas que lo saben y le temen a Dios, diezman.   Es frecuente escuchar justificaciones en torno del diezmo.  Generalmente lo justifican aquellos que han pecado no diezmando. 

El libro de Santiago enseña que quien ha infringido un mandamiento de la ley se hace infractor de toda la ley.   Es muy probable que quien no diezma, pueda caer en otro tipo de pecado, cuando se le presenta la tentación.   Esta propensión es consecuencia de su falta de temor a Jehová.

La otra forma de incrementar el temor a Jehová es congregándose.   La comunión con otros creyentes que están en el mismo sentir, fortalece el deseo por seguir los caminos de Dios. Quien se congrega tiene alta oportunidad de intercambiar información espiritual con otras personas que también se congregan.