EL TEMOR DE DIOS II

Por Luis Melgar Carrillo. Teléfono de casa 160 28 09

La doctrina cristiana enseña que el nuevo nacimiento es la entrada del Espíritu Santo al corazón de un inconverso. Esa nueva condición es la que induce a que el nacido de nuevo, cuando peca, sienta un redargüir en su corazón que lo conduce al arrepentimiento. Es un error pensar que el nacido de nuevo ahora ya no peca por tener al Espíritu Santo en su corazón. Podría ser que el nuevo creyente caiga en pecado, como consecuencia de las tentaciones que le ofrece la vida.
Sin embargo, lo que le suele suceder es que, al pecar, el sentimiento de arrepentimiento conduce a la confesión del pecado. Esa confesión hace posible que se restablezca la relación que se había perdido con Dios, como consecuencia de la caída.
La primera gran reflexión que cada creyente puede sacar respecto al temor de Jehová en su vida, es que cada quien se debe fortalecer a sí mismo para que el Espíritu Santo crezca en su corazón, de manera que pueda alejarse del pecado. Se aleja del pecado cuando el temor de Jehová lo induce a hacerlo.
Hay pecados denominados de muerte. Un pecado de muerte es aquel que cuando se comete, ahuyenta al Espíritu Santo del corazón del creyente. En otras palabras, el Espíritu Santo que se había alojado en el corazón del nacido de nuevo, se sale cuando este comete un pecado del cual no se arrepiente. La denominada muerte espiritual se produce cuando no hay arrepentimiento.
Adán perdió su condición de hijo de Dios, cuando no se arrepintió de su pecado, razón por la cual el Espíritu Santo lo abandonó. Adán en vez de arrepentirse le echó la culpa a Eva, quien a su vez le echó la culpa a la serpiente.
Ananías y Zafira no solamente experimentaron su muerte espiritual, sino como consecuencia de su falta de arrepentimiento, su pecado los condujo a la muerte física. Ellos engañaron a la iglesia sustrayendo el precio al que habían vendido su heredad.
Lo terrible para el creyente es que cuando está en la cuerda floja coqueteando con el pecado, corre el riesgo de llegar a endurecerse a tal punto que no haya lugar para el arrepentimiento. Como revela el apóstol Pablo, el pecado endurece. Un corazón endurecido no se arrepiente, y cuando no hay arrepentimiento, hay muerte espiritual. Lo anterior significa que se corre el riesgo de que el pecado cometido llegue a ser de muerte, por falta, tanto de arrepentimiento como de confesión.
Por otra parte, el entendimiento que tenga cada creyente respecto al temor de Jehová, así como de su propio crecimiento espiritual, le permite evaluar el grado de crecimiento de las otras personas. Esta calificación, o discernimiento la podrá hacer respecto a otras ovejas del rebaño en el que se congrega, también respecto a algunos de sus propios dirigentes espirituales, así como de los dirigentes de otras diferentes denominaciones cristianas.
Se ha sabido de muchos casos de adulterios, fornicaciones, mentiras, robos, y diferentes manifestaciones de pecado en que han caído algunas ovejas, e inclusive algunos líderes espirituales. Por ejemplo, se ha sabido de casos de pastores pederastas. Si no hay arrepentimiento, la caída es una revelación del poco crecimiento espiritual de los creyentes que pecan. Cuando un creyente peca y no se arrepiente, ha transformado su pecado en un pecado de muerte, y por lo mismo ha perdido su salvación. La Epístola a los Hebreos advierte sobre la importancia de cuidar esa salvación.
Indudablemente, quien ha pecado y no se ha arrepentido, está evidenciando su poco crecimiento espiritual. Actuar de manera pecaminosa sin que el Espíritu Santo le redarguya, está revelando un crecimiento espiritual muy incipiente, ya que evidencia no tener temor de Jehová. Inclusive se podría dar el caso de creyentes que, por su pecado, hayan llegado a morir espiritualmente. Su muerte espiritual también los puede conducir a volver a pecar.
Cuando un cristiano genuino advierte en otro creyente esta condición de pecado, lo más sensato es que se aparte del pecador. El apóstol Pablo indica varias veces que el creyente debe alejarse de los pecadores. Inclusive menciona que ni siquiera se coma con ellos. Este apartarse no implica que lo recrimine ni que lo reprenda. Simplemente que se aleje, con el propósito de no llegar a contaminarse. Como dice el refrán, “el que entre lobos anda, a aullar aprende”.
El apóstol Pablo también menciona en sus cartas, que los creyentes deben apartarse de aquellos que causan divisiones, pues se trata de personas que solamente sirven a sus propios vientres. También da indicaciones de apartarse de los fornicarios, avaros, ladrones, idólatras, borrachos y todos los que andan desordenadamente, no trabajando y entremetiéndose en lo ajeno. El apóstol Juan menciona que a los que no tienen la doctrina del Evangelio, no deben ser recibidos en casa ni se les debe decir bienvenidos. Una gran pregunta que se pueden formular las ovejas que se acercan fielmente a los pies de un pastor es en relación a la vida de rectitud y ausencia de pecado que le observen. No se puede enseñar con autoridad, principios que no se está en disposición de cumplir. Cada oveja deberá tomar conciencia de que su destino eterno depende de sus acciones, que son un reflejo tanto de la buena enseñanza que reciba, como del ejemplo que se le pueda haber inculcado.
Por tal razón se puede inferir que dejarse conducir por personas que realizan acciones de pecado en sus vidas, es insensato. Los que crucificaron al señor Jesucristo fueron líderes religiosos que decían unas cosas pero que hacían otras. Jesús dijo de los fariseos: “dicen y no hacen”.